lunes, 29 de enero de 2018

Intermón Oxfam y la demonización de la riqueza

Un año más la organización Oxfam ha presentado sus conclusiones sobre la riqueza en el mundo. Y como no, el guión esperado: vivimos en el caos y la culpa es de los ricos. El informe, presentado bajo el nombre Premiar el trabajo, no la riqueza (el cual firmaría el propio Marx), destila un profundo aroma anticapitalista, una oda continua a un protagonismo mayor del Estado y la demonización de la riqueza, hacia el rico y el esfuerzo por tener una vida mejor. Por no hablar de la teoría ‘valor-trabajo’, refutada hasta la saciedad, demostrando que de economía van muy justos.
Fue el sociólogo alemán Franz Oppenheimer quien habló de los ‘medios económicos’ y los ‘medios políticos’ como caminos para acumular riqueza. Para Oppenheimer, los medios económicos son “el intercambio del trabajo de una persona por el trabajo de otra”; es decir, son voluntarios y pacíficos. Es la riqueza que proviene del comercio, del intercambio voluntario entre individuos, de servir en un mercado libre. En frente están los medios políticos, que son “la indebida apropiación del trabajo de los demás”; es decir, se trata de medios coactivos, del uso de la fuerza, el robo, el saqueo y la corrupción.
Quienes demonizan la riqueza, como ocurre con Oxfam, no diferencian ambos medios y clasifican a todos los ricos en el mismo grupo, cayendo en dos errores de gran dimensión: no tienen en cuenta el papel que ha desempeñado el rico (mediante medios económicos) en la sociedad, sirviendo a los demás mediante el mercado libre y el comercio, haciendo al resto la vida más fácil; y creer que la economía es un juego de suma cero, es decir, si hay ricos es porque hay muchos pobres (lo que consideran que una persona tiene “de más” es porque otra persona tiene “de menos”). Esto último tiene que ver con otra ignorancia económica, muy común en este tipo de pensamientos: la desigualdad significa pobreza. Y no es verdad. Que haya desigualdad no quiere decir que haya pobreza per se. Puede existir una sociedad muy igualitaria pero muy pobre, y viceversa.
Si el objetivo es acabar de verdad con la pobreza, organizaciones de este tipo deberían abrazar postulados de libre mercado y capitalismo, pues han sido estas ideas las que, en los últimos dos siglos, han reducido la pobreza allí donde más o menos han sido aplicadas, aunque no sea en su totalidad. Y donde más ha mejorado la calidad de vida en todos los aspectos, aunque la propaganda diga lo contrario. Pero me temo que las aspiraciones de ideologías de este tipo, como la que abandera Oxfam, tiene más que ver con dicha propaganda, con la envidia y la persecución al rico, y le importa lo más mínimo la pobreza real, pues allí donde se han impuestos ideas económicas de estilo socialistas y colectivistas, la pobreza se ha multiplicado. La historia está llena de ejemplos.
* Publicado en La Razón

domingo, 24 de diciembre de 2017

La proporcionalidad electoral de Cataluña o por qué D’Hondt no es el culpable

Como suele ocurrir después de unas elecciones, mucha gente se queja de la ley electoral, que un partido con menos votos cosecha casi los mismos escaños que otro partido que queda por delante en votos, y casi siempre suelen echar la culpa al mismo de siempre: D’Hondt, que es el nombre que recibe nuestra fórmula electoral.

En términos politológicos, la diferencia entre el porcentaje de escaños y el porcentaje de votos se denomina “proporcionalidad electoral”. Como se puede observar en el gráfico 1, los 3 partidos que han quedado en cabeza han sido los más beneficiados por la sobrerrepresentación parlamentaria, mientras que, por el otro lado, el resto de partidos han quedado infrarrepresentados, siendo el PP el más perjudicado (véase también tabla 1).




¿Por qué se produce este fenómeno? La causa principal es la falta de equilibrio en el peso del voto de cada circunscripción; en otras palabras, hay circunscripciones que ‘pesan’ más que otras. Esto ocurre cuando una circunscripción reparte más escaños de lo que le correspondería por población. Cataluña se divide en cuatro circunscripciones electorales, cada una de ellas se corresponde con las provincias: Barcelona (85 escaños), Tarragona (18), Gerona (17) y Lérida (15). En el desglose se produce el mismo fenómeno que en unas elecciones generales en España, de manera que en las zonas menos pobladas se requieren menos votos para lograr un escaño: 38.496 en Barcelona, 24.511 en Tarragona, 23.963 en Gerona y 16.008 en Lérida. Esto es lo que se conoce como “sesgo rural”.

¿Cómo es la proporcionalidad electoral en cada una de las circunscripciones catalanas con los resultados electorales del 21-D? La tabla 2 responde a dicha cuestión.



Se puede observar cómo, según descendemos hacia las circunscripciones que menos escaños reparten, mayor es la sobrerrepresentación general de las tres listas electorales que han quedado en cabeza: C’s, JxCat y ERC. Y cómo, por el contrario, los partidos que menos votos han cosechado, son penalizados en mayor medida en dichas circunscripciones, siendo Barcelona la única en la que hay un cierto equilibrio entre el porcentaje de votos y el porcentaje de escaños, debido a que es la circunscripción que más escaños reparte. Estamos, pues, ante otro sesgo, conocido como el “sesgo mayoritario”, por el cual en las circunscripciones que menos escaños se reparten solo son los partidos más votados aquellos que consiguen escaño (parecido al funcionamiento de un sistema mayoritario).

Mucha gente suele equivocar el sesgo y echa la culpa de la diferencia de proporcionalidad entre partidos a la fórmula electoral D’Hondt. Pero la verdadera diferencia se encuentra en el tipo de circunscripción utilizado y no tanto en la fórmula de reparto de escaños. Como muestra la evidencia, cuanto más grande es la circunscripción (en el caso de Cataluña una circunscripción autonómica, única, donde un voto valiera lo mismo en cualquier parte del territorio) más se corrige la proporcionalidad, perdiendo escaños los partidos sobrerrepresentados en favor de los partidos infrarrepresentados actuales.

Si en Cataluña se utilizara una circunscripción autonómica (única), los resultados electorales, utilizando igualmente la fórmula D’Hondt, hubieran sido los siguientes:



En la tabla 3 se observa que bajo una circunscripción única, que abarcaría toda Cataluña, se eliminarían los sesgos rural y mayoritario explicados antes, y se llegaría prácticamente a la proporcionalidad absoluta. Sin cambiar de fórmula electoral. Y es que la culpa no es de D’Hondt -si bien es cierto que hay otras fórmulas más proporcionales-, sino del diseño de las circunscripciones electorales, que premia a los partidos que tienen mayor porcentaje de voto en la zona rural (en este caso los partidos independentistas) y penaliza a quienes concentran más su voto en la zona urbana, que reparte más escaños, como la circunscripción de Barcelona.

Ahora bien, para pasar de la teoría y las simulaciones electorales a un cambio real, hay que saber lo complicado que sería poner de acuerdo a todos los partidos en una ley electoral que contentara a todos. Prácticamente misión imposible.

* Publicado en La Razón

domingo, 3 de diciembre de 2017

Del subdesarrollo al desarrollo: los milagros económicos no existen

La pobreza ha sido el estadio general de la humanidad desde el Paleolítico, “la condición de partida” a la que hace referencia el economista Johan Norberg en el capítulo sobre pobreza de su libro “Progreso”. A partir de la Ilustración como idea y de la Revolución Industrial como acción, la pobreza fue dejando paso a estándares de vida cada vez mejores, hasta el punto de que nunca hubo el nivel de riqueza y bienestar como el que disfrutamos actualmente.
Aun así, todavía existen muchos países subdesarrollados, que no han ‘escapado’ de la pobreza y de condiciones de vida paupérrimas (utilizando la terminología que utiliza el economista Angus Deaton en su libro “El gran escape”). El subdesarrollo, según la literatura económica, se caracteriza por cuatro puntos principales: escasez -o ausencia- de capital, tanto físico como humano; falta de integración en los mercados internacionales; un bajo nivel de industrialización; y, por último, la trampa del ‘crecimiento empobrecedor’, esto es, cuando el precio de los bienes y servicios exportados se reduce en poco tiempo frente al de los importados. Si a estas características le añadimos políticas económicas como el control de precios, la inflación, la nacionalización de empresas o un sector público desbocado, con grandes cantidades de déficit y deuda pública, estamos ante un escenario de pobreza asegurada y subdesarrollo profundo.
La condición desarrollado-subdesarrollado cambia con el paso del tiempo y en función de políticas económicas más o menos acertadas que ponen en marcha los gobiernos de los diferentes países. El subdesarrollo, por tanto, no es una condición permanente e inevitable, sino un estadio que puede superarse, como han demostrado varios países recientemente, como Hong Kong, Corea del Sur o Singapur, o históricamente: el nivel de desarrollo actual de países como EEUU, Alemania o Canadá, entre otros, no es el mismo que el del siglo XVIII.
¿Cómo se puede salir del subdesarrollo? Algunos creen que mediante ayuda externa a los países pobres, como ha ocurrido en las últimas décadas en el continente africano. Otros creen que mediante el capitalismo y un marco institucional de mercado libre, que haga posible las reformas profundas que los países pobres necesitan, como atraer capital, inversión, mejorar la integración en los mercados internacionales, facilitar la innovación, etc.
¿Sirve la ayuda externa para caminar hacia el desarrollo? Tomando como referencia las investigaciones de William Easterly, Peter Boone, Fredik Erixon o Dambisa Moyo, entre otros, podemos entender cómo la ayuda externa, en vez de solucionar el problema, lo dilata. 
Easterly muestra cómo la burocracia distorsiona el proceso, los recursos afluyen a los gobiernos de los países receptores y la capacidad administrativa de esos gobiernos es totalmente inadecuada. El propio Easterly demuestra que la ayuda externa hacia África no ha servido en absoluto para promover el crecimiento económico (gráfico en forma de X, donde aumenta la ayuda y disminuye el crecimiento per cápita).
Por su parte, Boone tampoco encuentra correlación positiva entre ayuda externa y crecimiento económico per cápita (medido en Producto Nacional Bruto); además, muestra que el efecto más importante de las transferencias no es aumentar la inversión, sino dilatar el tamaño del sector público: el consumo público aumenta en tres cuartas partes de la ayuda recibida. 
Estadística que también recoge Erixon, quien muestra, por otro lado, cómo Asia, con el ejemplo más claro de China e India, en términos generales, han desarrollado su economía cuando han reducido la ayuda externa que recibían, mientras países africanos como Kenia, que contaban con proyecciones por parte de algunos economistas de que “la pobreza extrema se erradicaría en los 90 y en la década de 2000 el ingreso per cápita keniata alcanzaría el nivel de España, Portugal o Nueva Zelanda”, siguen en niveles de ingreso per cápita de 1970. La magia no existe en economía y los milagros tampoco. Kenia apostó por un camino de intervencionismo, unido al efecto perverso de la ayuda externa, y hoy en día continúa siendo de los países más pobres. Asimismo, Erixon pone de manifiesto que la ayuda externa recibida por estos países es fungible, es decir, no se destina a inversiones adicionales, sino que mantiene el nivel previsto de inversión y aumenta el consumo.
La economista zambiana Dambisa Moyo se hizo un hueco en este ámbito a partir de la publicación de su libro “Dead Aid”. En palabras de la propia Moyo, “no ha habido nunca un país en el mundo que haya alcanzado un crecimiento constante y haya reducido la pobreza de manera significativa con las herramientas de la ayuda internacional externa”, según ella por la incapacidad de los gobiernos, que pierden su responsabilidad debido al incentivo perverso de la ayuda. En palabras de la propia economista “hasta que los gobiernos africanos no vivan o mueran dependiendo de la creación de empleo y de la distribución de bienes a los africanos y no solamente se dediquen a recibir el dinero de ayudas, seguiremos viendo una situación en la que el sector privado no se ha desarrollado y los africanos no tienen oportunidades”. Dambisa Moyo, empleando datos del BM y del FMI, calcula que en los últimos 60 años se han enviado más de un trillón de dólares a África. Como evidencian los trabajos mencionados antes, dicha ayuda no ha servido para el desarrollo de la región y la salida de la pobreza.
El otro camino para abandonar el subdesarrollo es la aplicación de principios económicos liberales y capitalistas. Los que las han llevado a cabo han visto cómo sus economías dejaban atrás el subdesarrollo y se iban convirtiendo en economías prósperas. Da igual el siglo, quienes dejan camino más o menos despejado al mercado, a la función empresarial, a la innovación humana, terminan alcanzando bienestar y desarrollo económico. Hay gente que habla de ‘milagros económicos’ cuando una economía prospera y crece, pero éstos no existen. En palabras de Ludwig von Mises, en referencia al “milagro alemán” posterior a la II Guerra Mundial: “esto no fue milagro alguno; fue la aplicación de los principios de la economía de libre mercado, de los métodos del capitalismo, aun cuando no fueron totalmente aplicados en todos sus aspectos. Una recuperación económica no proviene de ‘milagro’ alguno, sino de la aplicación de sanas políticas económicas”.
Respecto a la libertad económica, el continente africano continúa con una elevada losa sobre sus espaldas: de 52 países analizados, solo 2 alcanzan el estatus de “muy libre” (> 70/100). Y no es casualidad que en el resto del mundo, las zonas menos desarrolladas y más pobres coincidan con las zonas de menor libertad económica.
Para dejar atrás el estadio de subdesarrollo y los cuatro puntos mencionados al comienzo, un país debe abrazar, por tanto, los principios económicos del capitalismo y del libre mercado, dejar camino despejado a la función empresarial, a la cooperación humana y a la mano invisible, como han demostrado los países que fueron emergentes y ahora están desarrollados, y sobre todo, enterrar la tentación del intervencionismo, siempre presente en políticos y economistas más cercanos a la fantasía que a la realidad. Además, la presencia de un marco institucional que respete dichos principios económicos y no intente hacer magia con recetas que fracasan siempre que se intentan, como ocurre con el socialismo. Que el socialismo funcione sí que sería un milagro, pero ya saben, no existen.
* Publicado en La Razón

lunes, 20 de noviembre de 2017

El Muro de Berlín, un fracaso más del socialismo

Cuando en 1961 se construyó el Muro de Berlín, la parte oriental, correspondiente a la RDA (República Democrática de Alemania), quería evitar los continuos desplazamientos que se producían hacia la parte occidental de Berlín, huyendo del socialismo y en búsqueda de la libertad. El bloque socialista tenía que imponer el «muro de la vergüenza» para seguir sometiendo a la población de la Alemania oriental.
Alemania (y Berlín), por tanto, quedó dividida en dos. Fue el ejemplo más claro del enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo, signo inequívoco de la Guerra Fría. El 9 de noviembre de 1989, el Muro cayó, como consecuencia de la desintegración palpable que estaba produciéndose en el régimen soviético.
Alemania del Este era el paraíso de aquellos que no creen en la libertad. Medio país devastado por la represión comunista, tanto en libertades civiles como económicas. La Stasi controlaba la calle y la vida privada de los alemanes del este y la URSS controlaba la política y la economía de la RDA. La caída del Muro, de la que se celebra ahora su 28º aniversario, demostró la inmensa distancia entre las dos Alemanias. Una rica y otra pobre. Una libre y otra oprimida. Una productiva y otra estancada.
Las diferencias llegan hasta el día de hoy. La parte oriental sigue por detrás de la occidental en términos económicos (en libertades civiles y políticas, gracias a la unificación, conviven bajo los mismos estándares), a pesar de las continuas transferencias, que ya acumulan 2 billones de euros hacia el este. Y es que un marco institucional que respete la naturaleza humana, el mercado libre y el capitalismo es más potente que cualquier arrogancia socialista, que diría Hayek, y cualquier ayuda monetaria.
Los que piensan que el socialismo es magia, comprueban cómo la parte oriental de Alemania todavía carga sobre sus hombros con las consecuencias de años y años de diferencia abismal entre capitalismo y socialismomenor renta per cápita, mayor desempleo, menor ratio de inversiones, menor productividad laboral; una brecha lejos de cerrarse casi treinta años después de la unificación. Los Länder del oeste siguen siendo más prósperos y más ricos respecto a los Länder del este. No hay dudas, el capitalismo es prosperidad mientras el socialismo es ruina y desastre económico. Sus huellas siguen vigentes.
La caída del Muro de Berlín fue una oportunidad para los alemanes del este, de poder encaminar sus vidas según sus deseos y no los del ‘centro director’, a través de intercambios voluntarios en el mercado y no mediante la imposición de decretos políticos. A su vez, poder prosperar, aunque sea lentamente (los 40 años de Alemania socialista no se recuperan de la noche a la mañana). El intervencionismo y el socialismo siempre fracasan. La caída del Muro reflejó el modelo socialista, esto es, pobreza, represión y regresión. Se pudo observar las diferencias entre la Alemania capitalista y la Alemania socialista y no hubo ninguna duda de que la primera era más libre y próspera, como era de esperar.
La caída del Muro, por tanto, reflejó el fracaso, como ha ocurrido en todos los regímenes socialistas/comunistas. Terminó pasando con la URSS poco más tarde. Pasó con las ‘democracias populares’. Pasa con Cuba y Venezuela. El socialismo es miseria, muerte y corrupción y sus aplicaciones a lo largo de los últimos 100 años así lo atestiguan. Alemania no iba a ser una excepción y la historia así lo ha demostrado.
* Publicado en La Razón

lunes, 6 de noviembre de 2017

No es por sus ideas

Muchos independentistas no dejan de repetir el argumento falaz de que los líderes de ANC y Ómnium Cultural, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart respectivamente, están en la cárcel por sus ideas políticas, calificando al régimen democrático español de “dictadura”. Por el mismo camino, muchos abertzales en su momento, proetarras, defensores del independentismo vasco y catalán, decían de Arnaldo Otegi lo mismo: estaba preso por sus ideas políticas, como consecuencia de la opresión del “Estado español” al “pueblo vasco”.
Si hay un autor que describe el proceso de cambio de significado de las palabras, para que tengan otro significado, erosionar el pensamiento crítico de una sociedad y tener camino despejado hacia un sistema autoritario, ese es sin ninguna duda George Orwell. Todo lo que dejó escrito sobre la comunicación y el lenguaje para llegar a sistemas no democráticos, el relato independentista lo cumple.
Así, en vez de ‘golpe de Estado’ o ‘sedición’ se habla de ‘lucha por la democracia’, del mismo modo que algún descerebrado defendía el terrorismo de ETA por el mismo motivo, “nació contra la dictadura”, como si a partir de 1975 no hubieran asesinado. En este mismo camino se encuentran los que dicen “referéndum es democracia”, como si en algunas dictaduras no hubiera referéndums, no muy lejos, en la España franquista.
De otra forma, se habla de ‘pueblo’ en terminología populista, como algo puro e inmaculado, en frente del ‘no pueblo’, en este caso los no independentistas, el establishment europeo, etc., para dar una imagen de mayoría, de que toda Cataluña quiere la independencia, cuando todos sabemos que no es así, que ni siquiera en las elecciones autonómicas de 2015 lograron sobrepasar la barrera del 50% de los votos. Y así, muchos ejemplos más, no digamos ya de los medios de comunicación subvencionados por la Generalitat.
Los Jordis no son presos políticos, del mismo modo que Otegi no fue preso político. No están (o han estado) en la cárcel por sus ideas, sino por sus actos. Un Estado de Derecho no persigue ideas, eso es propio de sistemas no democráticos, donde no existe separación de poderes, y todo queda en la arbitrariedad del dictador o partido único.
Al Govern no se les juzga por sus ideas. Sino por cómo han manejado un gobierno autonómico y una administración pública. Debe quedar claro que ir contra la Ley no son ideas, sino actos y hechos constitutivos de delito. Como bien escribe el politólogo José Ignacio Torreblanca en su tribuna ‘Acabar con el procés’, la gestión del Govern solo puede definirse como la utilización fraudulenta de las instituciones del autogobierno para lograr la independencia [...] utilizar la autonomía para acabar con la autonomía”Es por ello que la aplicación del artículo 155 de la Constitución, en contra de lo que dicen muchos independentistas, no acaba con la autonomía catalana y el autogobierno. Ha sido el proceso independentista el que ha acabado con ella. El 155 la restaura: acción-reacción.
No debemos caer en la perversión del lenguaje que llevan décadas promoviendo los independentistas. Las cosas son como son: no hay juicio y cárcel para las figuras independentistas por sus ideas (el independentismo es legítimo), sino por sus hechos (utilizar el Govern, el Parlament, los Mossos, los medios de comunicación públicos, la enseñanza pública, los funcionarios y los impuestos de los catalanes para acabar con la convivencia, para dividir a los catalanes y acabar con la autonomía catalana y su autogobierno, como CCAA de España, para ir contra la Constitución y el Estado de Derecho).
* Publicado en La Razón

jueves, 26 de octubre de 2017

Al igual que la desigualdad, la pobreza también cae en los dos últimos años

Como explicó hace unas semanas Diego Sánchez de la Cruz en Libre Mercado, la desigualdad (índice de Gini) ha caído en España durante los años 2015 y 2016, después de alcanzar el máximo nivel durante la crisis en 2014. La propaganda dice una cosa, la realidad otra, como bien desmonta el propio autor a lo largo del artículo.
La izquierda -y los intervencionistas en general- también suelen mentir en referencia a la pobreza. Así, no es difícil encontrar en prensa algunos artículos que mienten sobre la realidad de la pobreza en España, inventando cifras y metodologías. Pues bien, a pesar de los que dicen que la pobreza sigue aumentando a pesar de la recuperación económica, ocurre lo contrario: la pobreza en España se ha reducido durante los dos últimos años.
¿Cómo se mide la pobreza, lo que conocemos como pobreza absoluta? Tomando como referencia la carencia material severa (y no la tasa de riesgo de pobreza, que utiliza el umbral de pobreza, puesto que ésta mide desigualdad y no pobreza, como indica el INE). En cambio, la carencia material severa, es decir, la ausencia de al menos 4 de los siguientes 9 conceptos, sí mide pobreza: 1) No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año; 2) No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado (o equivalente vegetariano) al menos cada dos días; 3) No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada; 4) No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos; 5) Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…); 6) No puede permitirse disponer de un automóvil; 7) No puede permitirse disponer de teléfono; 8) No puede permitirse disponer de un televisor; y 9) No puede permitirse disponer de una lavadora. Estos conceptos, como digo, sí miden pobreza en un sentido más estricto, ya que es un sentido material y no monetario (la pobreza monetaria es relativa y forma parte del riesgo de pobreza).
Pues bien, acudiendo a los datos que proporciona Eurostat (también el INE) sobre carencia material severa en España, podemos ver cómo se ha reducido en los años 2015 y 2016, tanto a nivel relativo como absoluto.
Frente a la propaganda y el alarmismo de los que dicen que la pobreza sigue aumentando en España (además dando datos falsos, puesto que suelen dar el dato del riesgo de pobreza, de ahí que muchos titulares digan “el 30% de los españoles son pobres” y barbaridades del estilo), la realidad nos dice que la pobreza disminuye a niveles de 2012, dejando atrás, al igual que en la desigualdad, el pico máximo de la crisis alcanzado en 2014. Datos para alegrarse, menos para aquellos que politizan todo y no pueden sacar provecho electoral de estos descensos en la pobreza.

lunes, 23 de octubre de 2017

Help Catalonia

Como es costumbre en el independentismo catalán, basado en victimismo, manipulación histórica y política, y por tanto, en mentiras, el vídeo de ‘Help Catalonia’ no iría por otro camino. Un vídeo lleno de falsedades que la mayoría de medios de comunicación se han molestado en corregir.
Pero he de decir que en algo tienen razón los que lanzaron el vídeo. Cataluña necesita ayuda, sí. Los catalanes no independentistas, que son mayoría, no pueden ser aplastados social y políticamente por una minoría separatista, como está ocurriendo en los últimos años en la autonomía catalana.
Los niños que son adoctrinados por la Generalitat necesitan ayuda.Deben aprender a leer, escribir, sumar, restar, tener pensamiento crítico, etc. no a ser manipulados bajo el pensamiento único de una realidad paralela que sitúa a los ‘Países Catalanes’ como un ente político-histórico independiente que los Borbones pusieron fin con la Guerra de Sucesión y demás barbaridades que se leen y escuchan por Cataluña bajo la lupa independentista, sin rigor histórico alguno. Tampoco deben ser adoctrinados en la supremacía de lo catalán sobre lo español, como si fueran dos cosas diferentes y antagónicas.
Los empresarios catalanes también necesitan ayuda. Basta de que las autoridades catalanas persigan a quienes no rotulen en catalán. Basta ya de perseguir a aquellos empresarios que no apoyan la independencia, tachándoles de ‘charnegos’, ‘españolistas’ y un sinfín de calificativos. Multitud de empresas han cambiado su domicilio fiscal, previo paso del éxodo definitivo, porque saben que la independencia se desarrollaría bajo un escenario de pobreza y regresión económica. No es de extrañar viendo las propuestas de ERC y la CUP.
Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado presentes en Cataluña también necesitan ayuda. Bien hacen en gritar aquellos catalanes que se sienten españoles “no estáis solos”. No se pueden permitir escenas como las de ‘los Jordis’ (por cierto, nada de presos políticos) encima de un coche de la Guardia Civil, alentando a los presentes a seguir incumpliendo órdenes judiciales y causar desorden público. Los Mossos han demostrado no estar a la altura. Policía Nacional y Guardia Civil, a pesar de algún error el 1-O, han defendido los derechos y libertades de todos los catalanes.
Como bien sabemos, el populismo nacionalista es excluyente, construido en antagonismo y la supremacía, en este caso, de la “nación catalana” y todo lo relacionado con ella. Y estas características rompen la libertad y la convivencia pacífica. Los catalanes que no comparten esa visión de una sociedad cerrada y excluyente necesitan ayuda, antes de que sea demasiado tarde y sean expulsados por la fuerza de su tierra, de su comunidad autónoma, que forma parte de su país España. Los independentistas están solos, y precisamente por eso son más peligrosos que nunca. Aunque la corrección política diga que se necesita “respuesta política”, los delitos se resuelven mediante la respuesta judicial del Estado de Derecho, y ese debe ser el único camino para aquellos que se saltan la Constitución y se ventilan a la torera las órdenes judiciales que no les gustan. Help Democracy. Help Freedom.
* Publicado en La Razón

viernes, 6 de octubre de 2017

Dejad a los niños en paz

Que la infancia es el periodo de nuestra vida con una mentalidad más maleable y en la cual estamos más expuestos al adoctrinamiento y a la masa es algo que no me cabe la menor duda. Es por ello que a menudo las opciones políticas autoritarias y totalitarias han utilizado a los niños como eslogan político. Comunistas y nazis son los que han encumbrado esta técnica en el siglo XX.

Los independentistas catalanes (cuyo ideario y formas están en lo autoritario, a todas luces evidente) no han querido quedarse atrás con la utilización de la infancia para intentar conseguir sus objetivos políticos. Así, la manipulación a niños que deberían tener únicamente la preocupación de jugar con sus amigos, son inoculados con el veneno nacional-populista de ERC, la CUP y el resto de organizaciones independentistas hasta el punto de hacerles decir “Espanya ens roba” e “independencia es libertad”, cuando a esa edad no se tiene la conciencia de saber qué es España, Cataluña ni la política en sí.

Y es que adoctrinar a los niños, además de ser algo que va en contra de los derechos humanos, sirve para que el día de mañana los adoctrinadores tengan una masa adormecida a sus pies, que obedezcan sin rechistan, doctrinas y dogmas de la causa política en cuestión. Inocular desde abajo para el día de mañana no preocuparse desde arriba. Es por ello que estamos ante una cuestión utilizada por aquellos que no creen en la democracia ni la libertad.


En Cataluña han ido inoculando el veneno populista de los nacionalistas convertidos en independentistas y éstos en golpistas, contra la Ley y la Constitución Española, sin democracia ni libertad (votar no es democracia per se). De buena ayuda ha sido la competencia de Educación en manos autonómicas, junto al modelo territorial español de las Autonomías, modelo fracasado que toca reformas, pero no para contentar a las oligarquías autonómicas, sino en el camino del Derecho y la libertad en España, de todos los españoles (igualdad ante la ley). La enseñanza catalana, en vez de crear gente capaz para el día de mañana, se ha ensañado en la causa populista, utilizando las aulas para conseguir la hegemonía cultural gramsciana, en el objetivo del ‘hombre nuevo’ promovido desde hace décadas por ERC, bajo el supremacismo identitario catalán. Es la ‘función social’ que muchos docentes, artistas, etc. creen que tienen en sus manos para cambiar el destino de “su” tierra.


Aunque la imagen de la infancia sea tierna e inocente, los que utilizan a los niños en política no tienen nada que ver con ternura ni inocencia, sino todo lo contrario, como se ha demostrado a lo largo de los últimos años. Adoctrinar y manipular mentes para crear una masa de dóciles que no tengan pensamiento crítico. Crear un pensamiento único para conseguir unos objetivos antidemocráticos y antiliberales. Es lo que quieren conseguir; algunos ya han caído en ese veneno, otros se mantienen en frente contra autoritarismos de todo tipo. Como yo, les dicen: “¡dejad a los niños en paz!”. 

miércoles, 4 de octubre de 2017

De banderas, patriotismo y ultras

Que la bandera española rojigualda data de finales del siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III, es algo que se puede consultar en cualquier libro de Historia. Quienes se caracterizan por manipular ésta y hacer ver su opinión como realidad nos dicen incluso que “la bandera española actual viene impuesta del régimen franquista” (¿recuerdan lo que dijo la diputada de Podemos que quitó las banderas españolas de los escaños del PP en el Parlamento catalán hace unas semanas?).
Esto responde básicamente a la actitud de quienes politizan cualquier cosa, incluso los símbolos nacionales que representan a todos los españoles. Por otro lado, la ignorancia histórica de quienes achacan la idea de España con el régimen dictatorial de Franco y su nacional-catolicismo, como si España hubiera nacido en la Guerra Civil que terminó en 1939.
Aunque la estrategia política de muchos sea equiparar cualquier cosa que vaya en su contra con el franquismo (la propia bandera, decir que el PP es franquista, etc.), haciendo evidente una particular obsesión y la ignorancia histórica que he dicho antes, de no ver más atrás en la Historia de España. También de querer romperla y que ésta sea lo que ellos quieran, nuevamente intercambiando la realidad con la opinión. Con el control de los medios de comunicación y de la educación pública, algunos lo consiguen (ya lo advertía George Orwell: «quien controla el presente, controla el pasado»).
De esto deriva, por ejemplo, la creencia que mucha gente tiene de que la república española y la tricolor van de la mano, cuando la bandera de la Primera República española tenía los mismos colores que ahora.
Y es que una bandera nacional que representa a todo un país no tiene que ver nada con ideologías ni opciones políticas, salvo para aquellos que politizan absolutamente todo. Querer a tu país, ser patriota, no tiene que ver con extremos políticos. Bien lo demuestran países serios y desarrollados, como EE.UU., Reino Unido, Alemania, etc. Ya sean conservadores, socialistas, liberales o de cualquier otra ideología, su bandera es respetable mayoritariamente por encima de todo. Querer a tu país no te hace “facha”, “fascista” ni cualquier otra etiqueta utilizada en forma de insulto por aquellos que no respetan a los demás y que quieren imponer sus ideales, demostrando que son ellos los fascistas. Tampoco sacar la bandera de tu país te hace “ultra”, como han dicho esta semana tantos medios de comunicación, en relación con varias concentraciones para acompañar a la Guardia Civil en su salida hacia Cataluña. Con esto no niego que haya ultras que se identifiquen con la bandera española, pero me niego a aceptar las generalizaciones de aquellos que hablan a la ligera.
Es importante tener esto claro y parar los pies a quienes manipulan la Historia, a quienes quieren imponer su particular punto de vista y convertirlo en un dogma. España no es el franquismo. España no se reduce a Franco, su bandera mucho menos. Ser patriota no es, ni mucho menos, ser un ultra.
* Publicado en La Razón

domingo, 24 de septiembre de 2017

Donald Trump tiene razón: el problema de Venezuela se llama socialismo

Hace unos días tuvo lugar el primer discurso del presidente de EE.UU. en la ONU. Además de la seria advertencia al régimen norcoreano si continúan sus amenazas con pruebas de misiles, Donald Trump también habló de Venezuela, en un tono que se echa de menos en la política actual: una visión crítica y realista del socialismo.
El presidente estadounidense se refería a Venezuela en los siguientes términos: «Hemos impuestos severas sanciones al régimen socialista de Maduro en Venezuela que ha traído a una nación una vez próspera al borde del colapso total. La dictadura socialista de Nicolás Maduro ha infligido un terrible dolor y sufrimiento sobre la gente de ese país. Este régimen corrupto destruyó una nación próspera imponiendo una ideología fallida, que ha producido pobreza y miseria en todas las partes que se ha probado. El problema en Venezuela no es que el socialismo haya sido mal implementado, sino que el socialismo ha sido fielmente implementado».
Así es, el problema de Venezuela se llama socialismo. En una vertiente suave, socialdemocracia, durante la época del bipartidismo AD-COPEI, que puso sobre la mesa las condiciones para llegar a la aplicación severa del socialismo, a partir de la llegada al poder de Hugo Chávez a finales de la década de los 90 y seguir su deriva hacia un país espejo de Cuba con la presidencia de Nicolás Maduro.
Y es que el socialismo es arrogancia, como decía Hayek, ya que elimina la acción y cooperación humana, creyendo que desde el centro planificador una sociedad es más próspera y equitativa. Como han demostrado los diferentes regímenes socialistas o comunistas a lo largo del siglo XX, han sido lugares de desprecio a los derechos humanos, de persecución al diferente y opositor (llámese “burgués”, “liberal”, “capitalista”, etc.), de violencia y muerte sistémicas (chekas, gulags, UMAP, etc.), de pobreza generalizada para la “gente”, mientras la nomenklatura y los que dirigen el régimen viven acomodados, entre todo tipo de lujos y riquezas.
Venezuela no es una excepción del socialismo. Desprecio a los derechos humanos como ir socavando y eliminando la libertad política (no hay representación ni separación de poderes; el régimen ha sustituido la Asamblea Nacional por una Asamblea Constituyente ilegítima y el poder judicial depende fundamentalmente del poder ejecutivo), la libertad de expresión, la libertad de prensa y la propiedad privada.
Persecución al opositor mediante la figura del ‘preso político’, encarcelar a alguien por el simple hecho de ir contra el régimen (que denuncian organizaciones como Amnistía Internacional, nada sospechosa de capitalista o de derechas). Violencia y muerte de la mano de la policía política (GNB), que no duda en utilizar armas de fuego contra manifestantes opositores desarmados, la mayoría estudiantes. Y, por supuesto, pobreza, de lo que más abunda en Venezuela, con una inflación que sobrepasa el 2.000% en estos momentos, y un tipo de cambio paralelo (el oficial no sirve) de casi 24.000 bolívares (BsF) por 1$ estadounidense (US). Todo este camino de la destrucción de la economía se concreta en la Encuesta de Condiciones de Vida de 2016, donde se muestra que el 82% de los hogares venezolanos son pobres (sobrepasando la pobreza extrema el 50% de los hogares).
En definitiva, Venezuela se ha convertido en una especie de infierno sobre la tierra. Cualquiera que haya podido visitar el país caribeño en los últimos años puede dar testimonio de ello. Es de agradecer que Donald Trump denuncie públicamente el socialismo y la situación de Venezuela, al igual que todos aquellos países que cayeron en la guadaña de la muerte que es el socialismo, en cualquiera de sus variantes. Como demuestra la evidencia, Trump tiene razón y el problema de Venezuela se llama socialismo. No es que no se haya aplicado (como dicen falsamente aquellos que quieren más socialismo), sino que se ha aplicado fielmente, aquel modelo político y económico que hace de un país una involución continua.
* Publicado en La Razón