viernes, 20 de abril de 2018

Sindicatos, así no

Tomando como referencia la definición de sindicato, estaríamos ante “una asociación integrada por trabajadores en defensa y promoción de sus intereses laborales”. Y eso es lo que debería seguir siendo, pero en los últimos tiempos ha ido degradándose el sindicalismo hasta desconectar de la realidad.
Para empezar, si es una asociación de trabajadores, deberían ser éstos quienes aporten todos los recursos que el sindicato necesite para llevar a cabo sus funciones. Pues bien, el sindicalismo en muchos países, entre ellos España, ha estado y sigue estando enchufado al presupuesto público, recibiendo una parte de sus ingresos en forma de subvenciones de todos los que pagamos impuestos, aunque no compartamos sus ideas. Un grupo voluntario de trabajadores, imparcial respecto al poder político, que solo reciba aportaciones de quienes se sientan representados por ellos.
Otro aspecto en el que los sindicatos no tienen mucho sentido es el colectivismo que representan: lo que dice un sindicato suele ser tomado como referencia de lo que piensan todos los trabajadores, como si éstos fueran una masa homogénea. La realidad es bien diferente, pues cada trabajador, como individuo, piensa diferente y no tiene por qué siquiera compartir el pensamiento sindical.
La economía política y las propuestas laborales de los sindicatos es otro punto en contra de ellos. Siempre en el camino equivocado, apoyando propuestas que casi siempre aumentan el desempleo (como subir el SMI o aumentar las indemnizaciones por despido; es decir, conseguir un mercado laboral más rígido) y con una idea perversa del empresario, como persona explotadora que se enriquece gracias al trabajo y la plusvalía de sus empleados, en línea con el marxismo y socialismo, que, como éstos, se permiten el lujo de abanderar una superioridad moral, de caricaturizar a quien crea empleo, dando lecciones desde la “cátedra” de quien no ha creado un solo empleo con su dinero en su vida.
Por último, la desconexión de los dos sindicatos españoles más importantes, en la última semana apoyando el ‘procés’ y manifestándose con organizaciones independentistas, como ANC y Ómnium Cultural. Apoyando a quienes se saltan la Ley y la Constitución. A favor de quienes dividen a la sociedad catalana y provocan fracturas sociales, de quienes van contra la libertad. Apoyando a la aristocracia catalana que pisotea los derechos de los trabajadores catalanes, como multar por no rotular en catalán. ¿Proteger los intereses de los trabajadores? Apoyando a quienes hacen que miles de empresas se vayan de Cataluña, no.
Si ya de por sí los sindicatos suelen estar desconectados de la realidad económica y política, lo que les faltaba, desconectar de la Historia de España y apoyar a quienes manipulan ésta y quieren imponer un Estado independiente de corte totalitario, en manos de la extrema izquierda y apoyados por buena parte de la extrema derecha europea.
Menudo despropósito todo.

martes, 20 de marzo de 2018

El colectivismo, uno de nuestros males


Vivimos en un mundo en que el Estado ha ido ganando protagonismo, tanto en peso como en comportamiento respecto a la sociedad. No es de sorpresa que este protagonismo del Estado esté en máximos históricos, a pesar de la continua propaganda de aquellos que quieren todavía más Estado, quienes nos dicen que los mercados se han impuesto al Estado, que los movimientos supranacionales están supeditados a las élites económicas (como si no fuera una relación con élites políticas de por medio) y que de seguir así entraremos en una era de “neoliberalismo” más salvaje que el actual (¿qué es el neoliberalismo?).

El colectivismo en sus diferentes formas abunda a lo largo y ancho del mundo. Ya sea populismo, socialismo o nacionalismo, cualquier forma de estatismo o combinaciones de ellas, lo cierto es que el individualismo se ha visto relegado a un segundo plano. “Vivimos en sociedad y el individualismo atomiza”, nos dicen aquellos que no dejan de repetir los mantras colectivistas, ignorando que los individualistas no quieren vivir atomizados, es decir, sin relacionarse con el resto de la sociedad, pues esto es imposible, ya que sería volver a una era prehistórica. Tampoco los individualistas rechazan formar parte de algún colectivo, sino que rechazan formar parte de la coacción y no comparten la arrogancia de que un colectivo lleva al paraíso per se, como sí ocurre en el pensamiento colectivista. Yo, como individuo y defensor del individualismo, no creo en la masa como algo homogéneo, como sí creen los colectivistas, sino en un conjunto de individuos, en cooperación y a partir de la voluntad humana.

Detesto esa arrogancia del colectivo en la imposición desde el Estado en forma de Patria, Pueblo, Nación, etc. que cree tener todas las soluciones a los diferentes problemas de una sociedad, que cede a un “líder todopoderoso” o a un conjunto de políticos, que viven en una burbuja ajena al individuo, el poder de manejar nuestras vidas, bajo un principio de representación que no es tal en estas democracias representativas, donde ordena y manda otro colectivo funesto: el Partido. Y mucho menos en dictaduras.

Se equivocan quienes dicen que el individualismo es atomismo. Individualismo no es nada de eso, es cooperación y voluntad humana. De hecho, sin cooperar con el resto de la sociedad ningún individuo puede progresar por sí mismo. Confunden rechazar la imposición desde arriba con el rechazo a un colectivo formado voluntaria y pacíficamente, como bien dice el economista Bernaldo de Quirós: «el individualismo y el mercado competitivo no son contrarios a lo comunitario sino a la constitución por la fuerza de una falsa y artificial sociedad civil» (Por una derecha liberal, 2015).

El individualismo es, por otra parte, descentralizar al máximo todo aquello que no necesita de legislación y control del poder político y del Estado, es salir del consenso y tener visión crítica: pensar más allá del colectivo, pensar cada uno en cómo mejorar nuestra vida, y a la vez, la de los demás. Pasar de un infantilismo a una vida adulta. Porque el colectivismo es precisamente eso, la infantilización de toda sociedad: vivir a la sombra del colectivo que maneja el Estado, que decide por ti porque él lo quiere así y te niega la razón y el pensamiento crítico para que continúes a su lado, por “tu bien” y el “bien común”, porque “fuera del Estado eso es imposible”.

¿Necesitamos un Estado, que ha dejado de ser Providencia para ser Minotauro, regulando hasta el más mínimo detalle de nuestra vida? Creo que no necesitamos esa figura, que se asemeja a la del padre autoritario que no deja libertad alguna a sus hijos («el Estado se ha convertido en un jardín de infancia», Bernaldo de Quirós). Por el contrario, necesitamos un Estado mínimo, que devuelva ámbitos de competencia a la sociedad civil, que permita su desarrollo, siempre en cooperación voluntaria, dejando la coacción a un lado y el paso a una vida adulta de dicha sociedad. Dejar atrás el colectivismo encabezado por el Consenso Socialdemócrata: «la dependencia e idolatría del Estado; al estilo roussoniano: el progreso individual solo podía estar ligado al colectivo, y dependía de la intervención y planificación del Estado» (sobre esto escriben Almudena Negro y Jorge Vilches en la introducción y el primer capítulo de su libro Contra la socialdemocracia, 2017).

En la economía el fracaso de todo colectivismo se ha visto mucho más claro, pero sigue teniendo buena fama para muchos debido a la amplia propaganda de diferentes medios de comunicación e “intelectuales” y grupos de políticos que creen que colectivizar la economía con ellos sería diferente. Y si no, echan la culpa al chivo expiatorio, y evitan hacer autocrítica. Infantilismo de nuevo. Es por ello que ante cada fracaso del colectivismo la solución que piden los colectivistas es… más colectivismo, más Estado y todavía menos mercado, menos individuo, menos sociedad en cooperación voluntaria. Y siempre la misma excusa: “no se ha aplicado bien” o “con nosotros será diferente”. Por supuesto, se aplica bien, por eso fracasa, y con los nuevos Mesías no es diferente, sino incluso peor.

* Publicado en La Razón

jueves, 8 de marzo de 2018

Índice de Desigualdad de Género o por qué Occidente tiene menos motivos para el 8M

Hoy, 8 de marzo, está convocada una huelga feminista, en el Día Internacional de la Mujer, donde hombres y sobre todo mujeres están llamadas a salir a las calles para reivindicar la igualdad de derechos y oportunidades, así como el fin de todas las formas de violencia machista”.
Al margen de que “violencia machista” siempre me ha parecido una exageración, pues pone a todos los hombres al mismo nivel y las feministas radicales, que cada vez son más, no persiguen al asesino por haber matado sino por ser hombre -en una especie de lucha de géneros, la nueva lucha de clases marxista-, creo que Occidente tiene pocos motivos para participar en esta huelga, pues es en el mundo occidental donde las mujeres tienen un mayor acceso a dicha igualdad de derechos y oportunidades, donde mejor se cumple la igualdad ante la ley y donde es más fácil, para una mujer también, elegir un camino de vida y poder cumplirlo.
Por otra parte, me parece que estamos ante un movimiento cada vez más radical, que no quiere la igualdad real entre hombres y mujeres, que como digo, en el mundo occidental, las democracias más avanzadas ya reflejan, y cada vez más, sino que busca una especie de venganza, ahora quieren ser ellas las que estén por encima, de ahí su discurso “nosotras vs ellos”, en un claro síntoma de división, enfrentamiento y disputa violenta.
De ahí que estos movimientos feministas busquen silenciar a aquellas mujeres que no participan de su discurso y acción, sino que buscan por su lado, y encuentran, esa igualdad. Esas mujeres que demuestran su feminismo cada día en su trabajo o en su familia, pero que no dan su brazo a torcer ante la politización del feminismo “oficial” de movimientos radicales y neomarxistas, que reinventan la Historia a su antojo, y que pretenden utilizar la maquinaria del Estado para imponer su movimiento a todos y utilizar el victimismo para hacer de la mujer un objeto de una realidad paralela (como bien denuncia María Blanco en su libro “Afrodita desenmascarada” -Deusto, 2017-).
Como digo, Occidente tiene menos motivos para secundar una huelga feminista, puesto que es ahí donde las mujeres tienen mejor garantizado sus libertades y derechos, como demuestran infinidad de indicadores y estudios. Uno de los indicadores que mejor lo demuestra es el Índice de Desigualdad de Género, que realiza la ONU, el cual mide la desigualdad entre hombres y mujeres en áreas como la salud, la alfabetización, la política y el mercado de trabajo. En una escala en la que 0 sería una igualdad plena y 1 una desigualdad máxima, la puntuación media por grupo de países es la siguiente (año 2016):
Como demuestra el gráfico, los países más desarrollados son aquellos en los que mayor igualdad real hay entre hombres y mujeres, en contra de la propaganda del feminismo actual. Los países africanos y musulmanes son los que mayor desigualdad de género tienen. Es por ello que el motivo de la huelga debería ser ayudar a estos países a encontrar el camino de liberación femenina. Menos propaganda y más realidad. Para mí feminismo es quitarse el hiyab en Irán o Arabia Saudí, no salir medio desnuda diciendo “mi coño manda” en España, o salir con el torso desnudo en una votación de Berlusconi. Luchar por la igualdad real en países donde no hay; no hacer un relato y hacer creer que no hay igualdad donde más la hay.
¿Apoyo esta huelga? En países donde el movimiento feminista está secuestrado por el relato y la propaganda, por una lucha de género neomarxista, no apoyo nada que tenga que ver con ese circo, más cercano a la ficción. Apoyo la realidad, la lucha de mujeres que saben que viven bajo el yugo del supremacismo masculino, donde ni siquiera pueden salir a la calle vestidas como quieran, sin permiso del marido, tratadas como esclavas. Allí donde haya discriminación de verdad hacia la mujer, allí apoyaré su lucha por liberarse de las cadenas. Allí donde la propaganda nos quiere hacer ver que vivimos en un infierno machista, no. Porque las feministas libertarias tenían motivos de queja y lucha, y así lo demostraron, las feministas del mundo musulmán también en la actualidad; mientras, las “feministas” socialistas anticapitalistas solo saben utilizar a la mujer para su relato de víctima, mientras ignoran el sufrimiento real de las mujeres en aquellos lugares del mundo donde sigue existiendo persecución por ser mujer. Feminismo es Clara Campoamor, las sufragistas británicas, Mary Wollstonecraft, Dambisa Moyo o Ayaan Hirsi Ali, entre otras. Feminismo no es ‘Barbijaputa’ o el colectivo Femen.
* Publicado en La Razón

lunes, 29 de enero de 2018

Intermón Oxfam y la demonización de la riqueza

Un año más la organización Oxfam ha presentado sus conclusiones sobre la riqueza en el mundo. Y como no, el guión esperado: vivimos en el caos y la culpa es de los ricos. El informe, presentado bajo el nombre Premiar el trabajo, no la riqueza (el cual firmaría el propio Marx), destila un profundo aroma anticapitalista, una oda continua a un protagonismo mayor del Estado y la demonización de la riqueza, hacia el rico y el esfuerzo por tener una vida mejor. Por no hablar de la teoría ‘valor-trabajo’, refutada hasta la saciedad, demostrando que de economía van muy justos.
Fue el sociólogo alemán Franz Oppenheimer quien habló de los ‘medios económicos’ y los ‘medios políticos’ como caminos para acumular riqueza. Para Oppenheimer, los medios económicos son “el intercambio del trabajo de una persona por el trabajo de otra”; es decir, son voluntarios y pacíficos. Es la riqueza que proviene del comercio, del intercambio voluntario entre individuos, de servir en un mercado libre. En frente están los medios políticos, que son “la indebida apropiación del trabajo de los demás”; es decir, se trata de medios coactivos, del uso de la fuerza, el robo, el saqueo y la corrupción.
Quienes demonizan la riqueza, como ocurre con Oxfam, no diferencian ambos medios y clasifican a todos los ricos en el mismo grupo, cayendo en dos errores de gran dimensión: no tienen en cuenta el papel que ha desempeñado el rico (mediante medios económicos) en la sociedad, sirviendo a los demás mediante el mercado libre y el comercio, haciendo al resto la vida más fácil; y creer que la economía es un juego de suma cero, es decir, si hay ricos es porque hay muchos pobres (lo que consideran que una persona tiene “de más” es porque otra persona tiene “de menos”). Esto último tiene que ver con otra ignorancia económica, muy común en este tipo de pensamientos: la desigualdad significa pobreza. Y no es verdad. Que haya desigualdad no quiere decir que haya pobreza per se. Puede existir una sociedad muy igualitaria pero muy pobre, y viceversa.
Si el objetivo es acabar de verdad con la pobreza, organizaciones de este tipo deberían abrazar postulados de libre mercado y capitalismo, pues han sido estas ideas las que, en los últimos dos siglos, han reducido la pobreza allí donde más o menos han sido aplicadas, aunque no sea en su totalidad. Y donde más ha mejorado la calidad de vida en todos los aspectos, aunque la propaganda diga lo contrario. Pero me temo que las aspiraciones de ideologías de este tipo, como la que abandera Oxfam, tiene más que ver con dicha propaganda, con la envidia y la persecución al rico, y le importa lo más mínimo la pobreza real, pues allí donde se han impuestos ideas económicas de estilo socialistas y colectivistas, la pobreza se ha multiplicado. La historia está llena de ejemplos.
* Publicado en La Razón

domingo, 24 de diciembre de 2017

La proporcionalidad electoral de Cataluña o por qué D’Hondt no es el culpable

Como suele ocurrir después de unas elecciones, mucha gente se queja de la ley electoral, que un partido con menos votos cosecha casi los mismos escaños que otro partido que queda por delante en votos, y casi siempre suelen echar la culpa al mismo de siempre: D’Hondt, que es el nombre que recibe nuestra fórmula electoral.

En términos politológicos, la diferencia entre el porcentaje de escaños y el porcentaje de votos se denomina “proporcionalidad electoral”. Como se puede observar en el gráfico 1, los 3 partidos que han quedado en cabeza han sido los más beneficiados por la sobrerrepresentación parlamentaria, mientras que, por el otro lado, el resto de partidos han quedado infrarrepresentados, siendo el PP el más perjudicado (véase también tabla 1).




¿Por qué se produce este fenómeno? La causa principal es la falta de equilibrio en el peso del voto de cada circunscripción; en otras palabras, hay circunscripciones que ‘pesan’ más que otras. Esto ocurre cuando una circunscripción reparte más escaños de lo que le correspondería por población. Cataluña se divide en cuatro circunscripciones electorales, cada una de ellas se corresponde con las provincias: Barcelona (85 escaños), Tarragona (18), Gerona (17) y Lérida (15). En el desglose se produce el mismo fenómeno que en unas elecciones generales en España, de manera que en las zonas menos pobladas se requieren menos votos para lograr un escaño: 38.496 en Barcelona, 24.511 en Tarragona, 23.963 en Gerona y 16.008 en Lérida. Esto es lo que se conoce como “sesgo rural”.

¿Cómo es la proporcionalidad electoral en cada una de las circunscripciones catalanas con los resultados electorales del 21-D? La tabla 2 responde a dicha cuestión.



Se puede observar cómo, según descendemos hacia las circunscripciones que menos escaños reparten, mayor es la sobrerrepresentación general de las tres listas electorales que han quedado en cabeza: C’s, JxCat y ERC. Y cómo, por el contrario, los partidos que menos votos han cosechado, son penalizados en mayor medida en dichas circunscripciones, siendo Barcelona la única en la que hay un cierto equilibrio entre el porcentaje de votos y el porcentaje de escaños, debido a que es la circunscripción que más escaños reparte. Estamos, pues, ante otro sesgo, conocido como el “sesgo mayoritario”, por el cual en las circunscripciones que menos escaños se reparten solo son los partidos más votados aquellos que consiguen escaño (parecido al funcionamiento de un sistema mayoritario).

Mucha gente suele equivocar el sesgo y echa la culpa de la diferencia de proporcionalidad entre partidos a la fórmula electoral D’Hondt. Pero la verdadera diferencia se encuentra en el tipo de circunscripción utilizado y no tanto en la fórmula de reparto de escaños. Como muestra la evidencia, cuanto más grande es la circunscripción (en el caso de Cataluña una circunscripción autonómica, única, donde un voto valiera lo mismo en cualquier parte del territorio) más se corrige la proporcionalidad, perdiendo escaños los partidos sobrerrepresentados en favor de los partidos infrarrepresentados actuales.

Si en Cataluña se utilizara una circunscripción autonómica (única), los resultados electorales, utilizando igualmente la fórmula D’Hondt, hubieran sido los siguientes:



En la tabla 3 se observa que bajo una circunscripción única, que abarcaría toda Cataluña, se eliminarían los sesgos rural y mayoritario explicados antes, y se llegaría prácticamente a la proporcionalidad absoluta. Sin cambiar de fórmula electoral. Y es que la culpa no es de D’Hondt -si bien es cierto que hay otras fórmulas más proporcionales-, sino del diseño de las circunscripciones electorales, que premia a los partidos que tienen mayor porcentaje de voto en la zona rural (en este caso los partidos independentistas) y penaliza a quienes concentran más su voto en la zona urbana, que reparte más escaños, como la circunscripción de Barcelona.

Ahora bien, para pasar de la teoría y las simulaciones electorales a un cambio real, hay que saber lo complicado que sería poner de acuerdo a todos los partidos en una ley electoral que contentara a todos. Prácticamente misión imposible.

* Publicado en La Razón

domingo, 3 de diciembre de 2017

Del subdesarrollo al desarrollo: los milagros económicos no existen

La pobreza ha sido el estadio general de la humanidad desde el Paleolítico, “la condición de partida” a la que hace referencia el economista Johan Norberg en el capítulo sobre pobreza de su libro “Progreso”. A partir de la Ilustración como idea y de la Revolución Industrial como acción, la pobreza fue dejando paso a estándares de vida cada vez mejores, hasta el punto de que nunca hubo el nivel de riqueza y bienestar como el que disfrutamos actualmente.
Aun así, todavía existen muchos países subdesarrollados, que no han ‘escapado’ de la pobreza y de condiciones de vida paupérrimas (utilizando la terminología que utiliza el economista Angus Deaton en su libro “El gran escape”). El subdesarrollo, según la literatura económica, se caracteriza por cuatro puntos principales: escasez -o ausencia- de capital, tanto físico como humano; falta de integración en los mercados internacionales; un bajo nivel de industrialización; y, por último, la trampa del ‘crecimiento empobrecedor’, esto es, cuando el precio de los bienes y servicios exportados se reduce en poco tiempo frente al de los importados. Si a estas características le añadimos políticas económicas como el control de precios, la inflación, la nacionalización de empresas o un sector público desbocado, con grandes cantidades de déficit y deuda pública, estamos ante un escenario de pobreza asegurada y subdesarrollo profundo.
La condición desarrollado-subdesarrollado cambia con el paso del tiempo y en función de políticas económicas más o menos acertadas que ponen en marcha los gobiernos de los diferentes países. El subdesarrollo, por tanto, no es una condición permanente e inevitable, sino un estadio que puede superarse, como han demostrado varios países recientemente, como Hong Kong, Corea del Sur o Singapur, o históricamente: el nivel de desarrollo actual de países como EEUU, Alemania o Canadá, entre otros, no es el mismo que el del siglo XVIII.
¿Cómo se puede salir del subdesarrollo? Algunos creen que mediante ayuda externa a los países pobres, como ha ocurrido en las últimas décadas en el continente africano. Otros creen que mediante el capitalismo y un marco institucional de mercado libre, que haga posible las reformas profundas que los países pobres necesitan, como atraer capital, inversión, mejorar la integración en los mercados internacionales, facilitar la innovación, etc.
¿Sirve la ayuda externa para caminar hacia el desarrollo? Tomando como referencia las investigaciones de William Easterly, Peter Boone, Fredik Erixon o Dambisa Moyo, entre otros, podemos entender cómo la ayuda externa, en vez de solucionar el problema, lo dilata. 
Easterly muestra cómo la burocracia distorsiona el proceso, los recursos afluyen a los gobiernos de los países receptores y la capacidad administrativa de esos gobiernos es totalmente inadecuada. El propio Easterly demuestra que la ayuda externa hacia África no ha servido en absoluto para promover el crecimiento económico (gráfico en forma de X, donde aumenta la ayuda y disminuye el crecimiento per cápita).
Por su parte, Boone tampoco encuentra correlación positiva entre ayuda externa y crecimiento económico per cápita (medido en Producto Nacional Bruto); además, muestra que el efecto más importante de las transferencias no es aumentar la inversión, sino dilatar el tamaño del sector público: el consumo público aumenta en tres cuartas partes de la ayuda recibida. 
Estadística que también recoge Erixon, quien muestra, por otro lado, cómo Asia, con el ejemplo más claro de China e India, en términos generales, han desarrollado su economía cuando han reducido la ayuda externa que recibían, mientras países africanos como Kenia, que contaban con proyecciones por parte de algunos economistas de que “la pobreza extrema se erradicaría en los 90 y en la década de 2000 el ingreso per cápita keniata alcanzaría el nivel de España, Portugal o Nueva Zelanda”, siguen en niveles de ingreso per cápita de 1970. La magia no existe en economía y los milagros tampoco. Kenia apostó por un camino de intervencionismo, unido al efecto perverso de la ayuda externa, y hoy en día continúa siendo de los países más pobres. Asimismo, Erixon pone de manifiesto que la ayuda externa recibida por estos países es fungible, es decir, no se destina a inversiones adicionales, sino que mantiene el nivel previsto de inversión y aumenta el consumo.
La economista zambiana Dambisa Moyo se hizo un hueco en este ámbito a partir de la publicación de su libro “Dead Aid”. En palabras de la propia Moyo, “no ha habido nunca un país en el mundo que haya alcanzado un crecimiento constante y haya reducido la pobreza de manera significativa con las herramientas de la ayuda internacional externa”, según ella por la incapacidad de los gobiernos, que pierden su responsabilidad debido al incentivo perverso de la ayuda. En palabras de la propia economista “hasta que los gobiernos africanos no vivan o mueran dependiendo de la creación de empleo y de la distribución de bienes a los africanos y no solamente se dediquen a recibir el dinero de ayudas, seguiremos viendo una situación en la que el sector privado no se ha desarrollado y los africanos no tienen oportunidades”. Dambisa Moyo, empleando datos del BM y del FMI, calcula que en los últimos 60 años se han enviado más de un trillón de dólares a África. Como evidencian los trabajos mencionados antes, dicha ayuda no ha servido para el desarrollo de la región y la salida de la pobreza.
El otro camino para abandonar el subdesarrollo es la aplicación de principios económicos liberales y capitalistas. Los que las han llevado a cabo han visto cómo sus economías dejaban atrás el subdesarrollo y se iban convirtiendo en economías prósperas. Da igual el siglo, quienes dejan camino más o menos despejado al mercado, a la función empresarial, a la innovación humana, terminan alcanzando bienestar y desarrollo económico. Hay gente que habla de ‘milagros económicos’ cuando una economía prospera y crece, pero éstos no existen. En palabras de Ludwig von Mises, en referencia al “milagro alemán” posterior a la II Guerra Mundial: “esto no fue milagro alguno; fue la aplicación de los principios de la economía de libre mercado, de los métodos del capitalismo, aun cuando no fueron totalmente aplicados en todos sus aspectos. Una recuperación económica no proviene de ‘milagro’ alguno, sino de la aplicación de sanas políticas económicas”.
Respecto a la libertad económica, el continente africano continúa con una elevada losa sobre sus espaldas: de 52 países analizados, solo 2 alcanzan el estatus de “muy libre” (> 70/100). Y no es casualidad que en el resto del mundo, las zonas menos desarrolladas y más pobres coincidan con las zonas de menor libertad económica.
Para dejar atrás el estadio de subdesarrollo y los cuatro puntos mencionados al comienzo, un país debe abrazar, por tanto, los principios económicos del capitalismo y del libre mercado, dejar camino despejado a la función empresarial, a la cooperación humana y a la mano invisible, como han demostrado los países que fueron emergentes y ahora están desarrollados, y sobre todo, enterrar la tentación del intervencionismo, siempre presente en políticos y economistas más cercanos a la fantasía que a la realidad. Además, la presencia de un marco institucional que respete dichos principios económicos y no intente hacer magia con recetas que fracasan siempre que se intentan, como ocurre con el socialismo. Que el socialismo funcione sí que sería un milagro, pero ya saben, no existen.
* Publicado en La Razón

lunes, 20 de noviembre de 2017

El Muro de Berlín, un fracaso más del socialismo

Cuando en 1961 se construyó el Muro de Berlín, la parte oriental, correspondiente a la RDA (República Democrática de Alemania), quería evitar los continuos desplazamientos que se producían hacia la parte occidental de Berlín, huyendo del socialismo y en búsqueda de la libertad. El bloque socialista tenía que imponer el «muro de la vergüenza» para seguir sometiendo a la población de la Alemania oriental.
Alemania (y Berlín), por tanto, quedó dividida en dos. Fue el ejemplo más claro del enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo, signo inequívoco de la Guerra Fría. El 9 de noviembre de 1989, el Muro cayó, como consecuencia de la desintegración palpable que estaba produciéndose en el régimen soviético.
Alemania del Este era el paraíso de aquellos que no creen en la libertad. Medio país devastado por la represión comunista, tanto en libertades civiles como económicas. La Stasi controlaba la calle y la vida privada de los alemanes del este y la URSS controlaba la política y la economía de la RDA. La caída del Muro, de la que se celebra ahora su 28º aniversario, demostró la inmensa distancia entre las dos Alemanias. Una rica y otra pobre. Una libre y otra oprimida. Una productiva y otra estancada.
Las diferencias llegan hasta el día de hoy. La parte oriental sigue por detrás de la occidental en términos económicos (en libertades civiles y políticas, gracias a la unificación, conviven bajo los mismos estándares), a pesar de las continuas transferencias, que ya acumulan 2 billones de euros hacia el este. Y es que un marco institucional que respete la naturaleza humana, el mercado libre y el capitalismo es más potente que cualquier arrogancia socialista, que diría Hayek, y cualquier ayuda monetaria.
Los que piensan que el socialismo es magia, comprueban cómo la parte oriental de Alemania todavía carga sobre sus hombros con las consecuencias de años y años de diferencia abismal entre capitalismo y socialismomenor renta per cápita, mayor desempleo, menor ratio de inversiones, menor productividad laboral; una brecha lejos de cerrarse casi treinta años después de la unificación. Los Länder del oeste siguen siendo más prósperos y más ricos respecto a los Länder del este. No hay dudas, el capitalismo es prosperidad mientras el socialismo es ruina y desastre económico. Sus huellas siguen vigentes.
La caída del Muro de Berlín fue una oportunidad para los alemanes del este, de poder encaminar sus vidas según sus deseos y no los del ‘centro director’, a través de intercambios voluntarios en el mercado y no mediante la imposición de decretos políticos. A su vez, poder prosperar, aunque sea lentamente (los 40 años de Alemania socialista no se recuperan de la noche a la mañana). El intervencionismo y el socialismo siempre fracasan. La caída del Muro reflejó el modelo socialista, esto es, pobreza, represión y regresión. Se pudo observar las diferencias entre la Alemania capitalista y la Alemania socialista y no hubo ninguna duda de que la primera era más libre y próspera, como era de esperar.
La caída del Muro, por tanto, reflejó el fracaso, como ha ocurrido en todos los regímenes socialistas/comunistas. Terminó pasando con la URSS poco más tarde. Pasó con las ‘democracias populares’. Pasa con Cuba y Venezuela. El socialismo es miseria, muerte y corrupción y sus aplicaciones a lo largo de los últimos 100 años así lo atestiguan. Alemania no iba a ser una excepción y la historia así lo ha demostrado.
* Publicado en La Razón

lunes, 6 de noviembre de 2017

No es por sus ideas

Muchos independentistas no dejan de repetir el argumento falaz de que los líderes de ANC y Ómnium Cultural, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart respectivamente, están en la cárcel por sus ideas políticas, calificando al régimen democrático español de “dictadura”. Por el mismo camino, muchos abertzales en su momento, proetarras, defensores del independentismo vasco y catalán, decían de Arnaldo Otegi lo mismo: estaba preso por sus ideas políticas, como consecuencia de la opresión del “Estado español” al “pueblo vasco”.
Si hay un autor que describe el proceso de cambio de significado de las palabras, para que tengan otro significado, erosionar el pensamiento crítico de una sociedad y tener camino despejado hacia un sistema autoritario, ese es sin ninguna duda George Orwell. Todo lo que dejó escrito sobre la comunicación y el lenguaje para llegar a sistemas no democráticos, el relato independentista lo cumple.
Así, en vez de ‘golpe de Estado’ o ‘sedición’ se habla de ‘lucha por la democracia’, del mismo modo que algún descerebrado defendía el terrorismo de ETA por el mismo motivo, “nació contra la dictadura”, como si a partir de 1975 no hubieran asesinado. En este mismo camino se encuentran los que dicen “referéndum es democracia”, como si en algunas dictaduras no hubiera referéndums, no muy lejos, en la España franquista.
De otra forma, se habla de ‘pueblo’ en terminología populista, como algo puro e inmaculado, en frente del ‘no pueblo’, en este caso los no independentistas, el establishment europeo, etc., para dar una imagen de mayoría, de que toda Cataluña quiere la independencia, cuando todos sabemos que no es así, que ni siquiera en las elecciones autonómicas de 2015 lograron sobrepasar la barrera del 50% de los votos. Y así, muchos ejemplos más, no digamos ya de los medios de comunicación subvencionados por la Generalitat.
Los Jordis no son presos políticos, del mismo modo que Otegi no fue preso político. No están (o han estado) en la cárcel por sus ideas, sino por sus actos. Un Estado de Derecho no persigue ideas, eso es propio de sistemas no democráticos, donde no existe separación de poderes, y todo queda en la arbitrariedad del dictador o partido único.
Al Govern no se les juzga por sus ideas. Sino por cómo han manejado un gobierno autonómico y una administración pública. Debe quedar claro que ir contra la Ley no son ideas, sino actos y hechos constitutivos de delito. Como bien escribe el politólogo José Ignacio Torreblanca en su tribuna ‘Acabar con el procés’, la gestión del Govern solo puede definirse como la utilización fraudulenta de las instituciones del autogobierno para lograr la independencia [...] utilizar la autonomía para acabar con la autonomía”Es por ello que la aplicación del artículo 155 de la Constitución, en contra de lo que dicen muchos independentistas, no acaba con la autonomía catalana y el autogobierno. Ha sido el proceso independentista el que ha acabado con ella. El 155 la restaura: acción-reacción.
No debemos caer en la perversión del lenguaje que llevan décadas promoviendo los independentistas. Las cosas son como son: no hay juicio y cárcel para las figuras independentistas por sus ideas (el independentismo es legítimo), sino por sus hechos (utilizar el Govern, el Parlament, los Mossos, los medios de comunicación públicos, la enseñanza pública, los funcionarios y los impuestos de los catalanes para acabar con la convivencia, para dividir a los catalanes y acabar con la autonomía catalana y su autogobierno, como CCAA de España, para ir contra la Constitución y el Estado de Derecho).
* Publicado en La Razón

jueves, 26 de octubre de 2017

Al igual que la desigualdad, la pobreza también cae en los dos últimos años

Como explicó hace unas semanas Diego Sánchez de la Cruz en Libre Mercado, la desigualdad (índice de Gini) ha caído en España durante los años 2015 y 2016, después de alcanzar el máximo nivel durante la crisis en 2014. La propaganda dice una cosa, la realidad otra, como bien desmonta el propio autor a lo largo del artículo.
La izquierda -y los intervencionistas en general- también suelen mentir en referencia a la pobreza. Así, no es difícil encontrar en prensa algunos artículos que mienten sobre la realidad de la pobreza en España, inventando cifras y metodologías. Pues bien, a pesar de los que dicen que la pobreza sigue aumentando a pesar de la recuperación económica, ocurre lo contrario: la pobreza en España se ha reducido durante los dos últimos años.
¿Cómo se mide la pobreza, lo que conocemos como pobreza absoluta? Tomando como referencia la carencia material severa (y no la tasa de riesgo de pobreza, que utiliza el umbral de pobreza, puesto que ésta mide desigualdad y no pobreza, como indica el INE). En cambio, la carencia material severa, es decir, la ausencia de al menos 4 de los siguientes 9 conceptos, sí mide pobreza: 1) No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año; 2) No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado (o equivalente vegetariano) al menos cada dos días; 3) No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada; 4) No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos; 5) Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…); 6) No puede permitirse disponer de un automóvil; 7) No puede permitirse disponer de teléfono; 8) No puede permitirse disponer de un televisor; y 9) No puede permitirse disponer de una lavadora. Estos conceptos, como digo, sí miden pobreza en un sentido más estricto, ya que es un sentido material y no monetario (la pobreza monetaria es relativa y forma parte del riesgo de pobreza).
Pues bien, acudiendo a los datos que proporciona Eurostat (también el INE) sobre carencia material severa en España, podemos ver cómo se ha reducido en los años 2015 y 2016, tanto a nivel relativo como absoluto.
Frente a la propaganda y el alarmismo de los que dicen que la pobreza sigue aumentando en España (además dando datos falsos, puesto que suelen dar el dato del riesgo de pobreza, de ahí que muchos titulares digan “el 30% de los españoles son pobres” y barbaridades del estilo), la realidad nos dice que la pobreza disminuye a niveles de 2012, dejando atrás, al igual que en la desigualdad, el pico máximo de la crisis alcanzado en 2014. Datos para alegrarse, menos para aquellos que politizan todo y no pueden sacar provecho electoral de estos descensos en la pobreza.

lunes, 23 de octubre de 2017

Help Catalonia

Como es costumbre en el independentismo catalán, basado en victimismo, manipulación histórica y política, y por tanto, en mentiras, el vídeo de ‘Help Catalonia’ no iría por otro camino. Un vídeo lleno de falsedades que la mayoría de medios de comunicación se han molestado en corregir.
Pero he de decir que en algo tienen razón los que lanzaron el vídeo. Cataluña necesita ayuda, sí. Los catalanes no independentistas, que son mayoría, no pueden ser aplastados social y políticamente por una minoría separatista, como está ocurriendo en los últimos años en la autonomía catalana.
Los niños que son adoctrinados por la Generalitat necesitan ayuda.Deben aprender a leer, escribir, sumar, restar, tener pensamiento crítico, etc. no a ser manipulados bajo el pensamiento único de una realidad paralela que sitúa a los ‘Países Catalanes’ como un ente político-histórico independiente que los Borbones pusieron fin con la Guerra de Sucesión y demás barbaridades que se leen y escuchan por Cataluña bajo la lupa independentista, sin rigor histórico alguno. Tampoco deben ser adoctrinados en la supremacía de lo catalán sobre lo español, como si fueran dos cosas diferentes y antagónicas.
Los empresarios catalanes también necesitan ayuda. Basta de que las autoridades catalanas persigan a quienes no rotulen en catalán. Basta ya de perseguir a aquellos empresarios que no apoyan la independencia, tachándoles de ‘charnegos’, ‘españolistas’ y un sinfín de calificativos. Multitud de empresas han cambiado su domicilio fiscal, previo paso del éxodo definitivo, porque saben que la independencia se desarrollaría bajo un escenario de pobreza y regresión económica. No es de extrañar viendo las propuestas de ERC y la CUP.
Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado presentes en Cataluña también necesitan ayuda. Bien hacen en gritar aquellos catalanes que se sienten españoles “no estáis solos”. No se pueden permitir escenas como las de ‘los Jordis’ (por cierto, nada de presos políticos) encima de un coche de la Guardia Civil, alentando a los presentes a seguir incumpliendo órdenes judiciales y causar desorden público. Los Mossos han demostrado no estar a la altura. Policía Nacional y Guardia Civil, a pesar de algún error el 1-O, han defendido los derechos y libertades de todos los catalanes.
Como bien sabemos, el populismo nacionalista es excluyente, construido en antagonismo y la supremacía, en este caso, de la “nación catalana” y todo lo relacionado con ella. Y estas características rompen la libertad y la convivencia pacífica. Los catalanes que no comparten esa visión de una sociedad cerrada y excluyente necesitan ayuda, antes de que sea demasiado tarde y sean expulsados por la fuerza de su tierra, de su comunidad autónoma, que forma parte de su país España. Los independentistas están solos, y precisamente por eso son más peligrosos que nunca. Aunque la corrección política diga que se necesita “respuesta política”, los delitos se resuelven mediante la respuesta judicial del Estado de Derecho, y ese debe ser el único camino para aquellos que se saltan la Constitución y se ventilan a la torera las órdenes judiciales que no les gustan. Help Democracy. Help Freedom.
* Publicado en La Razón