lunes, 20 de noviembre de 2017

El Muro de Berlín, un fracaso más del socialismo

Cuando en 1961 se construyó el Muro de Berlín, la parte oriental, correspondiente a la RDA (República Democrática de Alemania), quería evitar los continuos desplazamientos que se producían hacia la parte occidental de Berlín, huyendo del socialismo y en búsqueda de la libertad. El bloque socialista tenía que imponer el «muro de la vergüenza» para seguir sometiendo a la población de la Alemania oriental.
Alemania (y Berlín), por tanto, quedó dividida en dos. Fue el ejemplo más claro del enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo, signo inequívoco de la Guerra Fría. El 9 de noviembre de 1989, el Muro cayó, como consecuencia de la desintegración palpable que estaba produciéndose en el régimen soviético.
Alemania del Este era el paraíso de aquellos que no creen en la libertad. Medio país devastado por la represión comunista, tanto en libertades civiles como económicas. La Stasi controlaba la calle y la vida privada de los alemanes del este y la URSS controlaba la política y la economía de la RDA. La caída del Muro, de la que se celebra ahora su 28º aniversario, demostró la inmensa distancia entre las dos Alemanias. Una rica y otra pobre. Una libre y otra oprimida. Una productiva y otra estancada.
Las diferencias llegan hasta el día de hoy. La parte oriental sigue por detrás de la occidental en términos económicos (en libertades civiles y políticas, gracias a la unificación, conviven bajo los mismos estándares), a pesar de las continuas transferencias, que ya acumulan 2 billones de euros hacia el este. Y es que un marco institucional que respete la naturaleza humana, el mercado libre y el capitalismo es más potente que cualquier arrogancia socialista, que diría Hayek, y cualquier ayuda monetaria.
Los que piensan que el socialismo es magia, comprueban cómo la parte oriental de Alemania todavía carga sobre sus hombros con las consecuencias de años y años de diferencia abismal entre capitalismo y socialismomenor renta per cápita, mayor desempleo, menor ratio de inversiones, menor productividad laboral; una brecha lejos de cerrarse casi treinta años después de la unificación. Los Länder del oeste siguen siendo más prósperos y más ricos respecto a los Länder del este. No hay dudas, el capitalismo es prosperidad mientras el socialismo es ruina y desastre económico. Sus huellas siguen vigentes.
La caída del Muro de Berlín fue una oportunidad para los alemanes del este, de poder encaminar sus vidas según sus deseos y no los del ‘centro director’, a través de intercambios voluntarios en el mercado y no mediante la imposición de decretos políticos. A su vez, poder prosperar, aunque sea lentamente (los 40 años de Alemania socialista no se recuperan de la noche a la mañana). El intervencionismo y el socialismo siempre fracasan. La caída del Muro reflejó el modelo socialista, esto es, pobreza, represión y regresión. Se pudo observar las diferencias entre la Alemania capitalista y la Alemania socialista y no hubo ninguna duda de que la primera era más libre y próspera, como era de esperar.
La caída del Muro, por tanto, reflejó el fracaso, como ha ocurrido en todos los regímenes socialistas/comunistas. Terminó pasando con la URSS poco más tarde. Pasó con las ‘democracias populares’. Pasa con Cuba y Venezuela. El socialismo es miseria, muerte y corrupción y sus aplicaciones a lo largo de los últimos 100 años así lo atestiguan. Alemania no iba a ser una excepción y la historia así lo ha demostrado.
* Publicado en La Razón

lunes, 6 de noviembre de 2017

No es por sus ideas

Muchos independentistas no dejan de repetir el argumento falaz de que los líderes de ANC y Ómnium Cultural, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart respectivamente, están en la cárcel por sus ideas políticas, calificando al régimen democrático español de “dictadura”. Por el mismo camino, muchos abertzales en su momento, proetarras, defensores del independentismo vasco y catalán, decían de Arnaldo Otegi lo mismo: estaba preso por sus ideas políticas, como consecuencia de la opresión del “Estado español” al “pueblo vasco”.
Si hay un autor que describe el proceso de cambio de significado de las palabras, para que tengan otro significado, erosionar el pensamiento crítico de una sociedad y tener camino despejado hacia un sistema autoritario, ese es sin ninguna duda George Orwell. Todo lo que dejó escrito sobre la comunicación y el lenguaje para llegar a sistemas no democráticos, el relato independentista lo cumple.
Así, en vez de ‘golpe de Estado’ o ‘sedición’ se habla de ‘lucha por la democracia’, del mismo modo que algún descerebrado defendía el terrorismo de ETA por el mismo motivo, “nació contra la dictadura”, como si a partir de 1975 no hubieran asesinado. En este mismo camino se encuentran los que dicen “referéndum es democracia”, como si en algunas dictaduras no hubiera referéndums, no muy lejos, en la España franquista.
De otra forma, se habla de ‘pueblo’ en terminología populista, como algo puro e inmaculado, en frente del ‘no pueblo’, en este caso los no independentistas, el establishment europeo, etc., para dar una imagen de mayoría, de que toda Cataluña quiere la independencia, cuando todos sabemos que no es así, que ni siquiera en las elecciones autonómicas de 2015 lograron sobrepasar la barrera del 50% de los votos. Y así, muchos ejemplos más, no digamos ya de los medios de comunicación subvencionados por la Generalitat.
Los Jordis no son presos políticos, del mismo modo que Otegi no fue preso político. No están (o han estado) en la cárcel por sus ideas, sino por sus actos. Un Estado de Derecho no persigue ideas, eso es propio de sistemas no democráticos, donde no existe separación de poderes, y todo queda en la arbitrariedad del dictador o partido único.
Al Govern no se les juzga por sus ideas. Sino por cómo han manejado un gobierno autonómico y una administración pública. Debe quedar claro que ir contra la Ley no son ideas, sino actos y hechos constitutivos de delito. Como bien escribe el politólogo José Ignacio Torreblanca en su tribuna ‘Acabar con el procés’, la gestión del Govern solo puede definirse como la utilización fraudulenta de las instituciones del autogobierno para lograr la independencia [...] utilizar la autonomía para acabar con la autonomía”Es por ello que la aplicación del artículo 155 de la Constitución, en contra de lo que dicen muchos independentistas, no acaba con la autonomía catalana y el autogobierno. Ha sido el proceso independentista el que ha acabado con ella. El 155 la restaura: acción-reacción.
No debemos caer en la perversión del lenguaje que llevan décadas promoviendo los independentistas. Las cosas son como son: no hay juicio y cárcel para las figuras independentistas por sus ideas (el independentismo es legítimo), sino por sus hechos (utilizar el Govern, el Parlament, los Mossos, los medios de comunicación públicos, la enseñanza pública, los funcionarios y los impuestos de los catalanes para acabar con la convivencia, para dividir a los catalanes y acabar con la autonomía catalana y su autogobierno, como CCAA de España, para ir contra la Constitución y el Estado de Derecho).
* Publicado en La Razón

jueves, 26 de octubre de 2017

Al igual que la desigualdad, la pobreza también cae en los dos últimos años

Como explicó hace unas semanas Diego Sánchez de la Cruz en Libre Mercado, la desigualdad (índice de Gini) ha caído en España durante los años 2015 y 2016, después de alcanzar el máximo nivel durante la crisis en 2014. La propaganda dice una cosa, la realidad otra, como bien desmonta el propio autor a lo largo del artículo.
La izquierda -y los intervencionistas en general- también suelen mentir en referencia a la pobreza. Así, no es difícil encontrar en prensa algunos artículos que mienten sobre la realidad de la pobreza en España, inventando cifras y metodologías. Pues bien, a pesar de los que dicen que la pobreza sigue aumentando a pesar de la recuperación económica, ocurre lo contrario: la pobreza en España se ha reducido durante los dos últimos años.
¿Cómo se mide la pobreza, lo que conocemos como pobreza absoluta? Tomando como referencia la carencia material severa (y no la tasa de riesgo de pobreza, que utiliza el umbral de pobreza, puesto que ésta mide desigualdad y no pobreza, como indica el INE). En cambio, la carencia material severa, es decir, la ausencia de al menos 4 de los siguientes 9 conceptos, sí mide pobreza: 1) No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año; 2) No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado (o equivalente vegetariano) al menos cada dos días; 3) No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada; 4) No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos; 5) Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…); 6) No puede permitirse disponer de un automóvil; 7) No puede permitirse disponer de teléfono; 8) No puede permitirse disponer de un televisor; y 9) No puede permitirse disponer de una lavadora. Estos conceptos, como digo, sí miden pobreza en un sentido más estricto, ya que es un sentido material y no monetario (la pobreza monetaria es relativa y forma parte del riesgo de pobreza).
Pues bien, acudiendo a los datos que proporciona Eurostat (también el INE) sobre carencia material severa en España, podemos ver cómo se ha reducido en los años 2015 y 2016, tanto a nivel relativo como absoluto.
Frente a la propaganda y el alarmismo de los que dicen que la pobreza sigue aumentando en España (además dando datos falsos, puesto que suelen dar el dato del riesgo de pobreza, de ahí que muchos titulares digan “el 30% de los españoles son pobres” y barbaridades del estilo), la realidad nos dice que la pobreza disminuye a niveles de 2012, dejando atrás, al igual que en la desigualdad, el pico máximo de la crisis alcanzado en 2014. Datos para alegrarse, menos para aquellos que politizan todo y no pueden sacar provecho electoral de estos descensos en la pobreza.

lunes, 23 de octubre de 2017

Help Catalonia

Como es costumbre en el independentismo catalán, basado en victimismo, manipulación histórica y política, y por tanto, en mentiras, el vídeo de ‘Help Catalonia’ no iría por otro camino. Un vídeo lleno de falsedades que la mayoría de medios de comunicación se han molestado en corregir.
Pero he de decir que en algo tienen razón los que lanzaron el vídeo. Cataluña necesita ayuda, sí. Los catalanes no independentistas, que son mayoría, no pueden ser aplastados social y políticamente por una minoría separatista, como está ocurriendo en los últimos años en la autonomía catalana.
Los niños que son adoctrinados por la Generalitat necesitan ayuda.Deben aprender a leer, escribir, sumar, restar, tener pensamiento crítico, etc. no a ser manipulados bajo el pensamiento único de una realidad paralela que sitúa a los ‘Países Catalanes’ como un ente político-histórico independiente que los Borbones pusieron fin con la Guerra de Sucesión y demás barbaridades que se leen y escuchan por Cataluña bajo la lupa independentista, sin rigor histórico alguno. Tampoco deben ser adoctrinados en la supremacía de lo catalán sobre lo español, como si fueran dos cosas diferentes y antagónicas.
Los empresarios catalanes también necesitan ayuda. Basta de que las autoridades catalanas persigan a quienes no rotulen en catalán. Basta ya de perseguir a aquellos empresarios que no apoyan la independencia, tachándoles de ‘charnegos’, ‘españolistas’ y un sinfín de calificativos. Multitud de empresas han cambiado su domicilio fiscal, previo paso del éxodo definitivo, porque saben que la independencia se desarrollaría bajo un escenario de pobreza y regresión económica. No es de extrañar viendo las propuestas de ERC y la CUP.
Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado presentes en Cataluña también necesitan ayuda. Bien hacen en gritar aquellos catalanes que se sienten españoles “no estáis solos”. No se pueden permitir escenas como las de ‘los Jordis’ (por cierto, nada de presos políticos) encima de un coche de la Guardia Civil, alentando a los presentes a seguir incumpliendo órdenes judiciales y causar desorden público. Los Mossos han demostrado no estar a la altura. Policía Nacional y Guardia Civil, a pesar de algún error el 1-O, han defendido los derechos y libertades de todos los catalanes.
Como bien sabemos, el populismo nacionalista es excluyente, construido en antagonismo y la supremacía, en este caso, de la “nación catalana” y todo lo relacionado con ella. Y estas características rompen la libertad y la convivencia pacífica. Los catalanes que no comparten esa visión de una sociedad cerrada y excluyente necesitan ayuda, antes de que sea demasiado tarde y sean expulsados por la fuerza de su tierra, de su comunidad autónoma, que forma parte de su país España. Los independentistas están solos, y precisamente por eso son más peligrosos que nunca. Aunque la corrección política diga que se necesita “respuesta política”, los delitos se resuelven mediante la respuesta judicial del Estado de Derecho, y ese debe ser el único camino para aquellos que se saltan la Constitución y se ventilan a la torera las órdenes judiciales que no les gustan. Help Democracy. Help Freedom.
* Publicado en La Razón

viernes, 6 de octubre de 2017

Dejad a los niños en paz

Que la infancia es el periodo de nuestra vida con una mentalidad más maleable y en la cual estamos más expuestos al adoctrinamiento y a la masa es algo que no me cabe la menor duda. Es por ello que a menudo las opciones políticas autoritarias y totalitarias han utilizado a los niños como eslogan político. Comunistas y nazis son los que han encumbrado esta técnica en el siglo XX.

Los independentistas catalanes (cuyo ideario y formas están en lo autoritario, a todas luces evidente) no han querido quedarse atrás con la utilización de la infancia para intentar conseguir sus objetivos políticos. Así, la manipulación a niños que deberían tener únicamente la preocupación de jugar con sus amigos, son inoculados con el veneno nacional-populista de ERC, la CUP y el resto de organizaciones independentistas hasta el punto de hacerles decir “Espanya ens roba” e “independencia es libertad”, cuando a esa edad no se tiene la conciencia de saber qué es España, Cataluña ni la política en sí.

Y es que adoctrinar a los niños, además de ser algo que va en contra de los derechos humanos, sirve para que el día de mañana los adoctrinadores tengan una masa adormecida a sus pies, que obedezcan sin rechistan, doctrinas y dogmas de la causa política en cuestión. Inocular desde abajo para el día de mañana no preocuparse desde arriba. Es por ello que estamos ante una cuestión utilizada por aquellos que no creen en la democracia ni la libertad.


En Cataluña han ido inoculando el veneno populista de los nacionalistas convertidos en independentistas y éstos en golpistas, contra la Ley y la Constitución Española, sin democracia ni libertad (votar no es democracia per se). De buena ayuda ha sido la competencia de Educación en manos autonómicas, junto al modelo territorial español de las Autonomías, modelo fracasado que toca reformas, pero no para contentar a las oligarquías autonómicas, sino en el camino del Derecho y la libertad en España, de todos los españoles (igualdad ante la ley). La enseñanza catalana, en vez de crear gente capaz para el día de mañana, se ha ensañado en la causa populista, utilizando las aulas para conseguir la hegemonía cultural gramsciana, en el objetivo del ‘hombre nuevo’ promovido desde hace décadas por ERC, bajo el supremacismo identitario catalán. Es la ‘función social’ que muchos docentes, artistas, etc. creen que tienen en sus manos para cambiar el destino de “su” tierra.


Aunque la imagen de la infancia sea tierna e inocente, los que utilizan a los niños en política no tienen nada que ver con ternura ni inocencia, sino todo lo contrario, como se ha demostrado a lo largo de los últimos años. Adoctrinar y manipular mentes para crear una masa de dóciles que no tengan pensamiento crítico. Crear un pensamiento único para conseguir unos objetivos antidemocráticos y antiliberales. Es lo que quieren conseguir; algunos ya han caído en ese veneno, otros se mantienen en frente contra autoritarismos de todo tipo. Como yo, les dicen: “¡dejad a los niños en paz!”. 

miércoles, 4 de octubre de 2017

De banderas, patriotismo y ultras

Que la bandera española rojigualda data de finales del siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III, es algo que se puede consultar en cualquier libro de Historia. Quienes se caracterizan por manipular ésta y hacer ver su opinión como realidad nos dicen incluso que “la bandera española actual viene impuesta del régimen franquista” (¿recuerdan lo que dijo la diputada de Podemos que quitó las banderas españolas de los escaños del PP en el Parlamento catalán hace unas semanas?).
Esto responde básicamente a la actitud de quienes politizan cualquier cosa, incluso los símbolos nacionales que representan a todos los españoles. Por otro lado, la ignorancia histórica de quienes achacan la idea de España con el régimen dictatorial de Franco y su nacional-catolicismo, como si España hubiera nacido en la Guerra Civil que terminó en 1939.
Aunque la estrategia política de muchos sea equiparar cualquier cosa que vaya en su contra con el franquismo (la propia bandera, decir que el PP es franquista, etc.), haciendo evidente una particular obsesión y la ignorancia histórica que he dicho antes, de no ver más atrás en la Historia de España. También de querer romperla y que ésta sea lo que ellos quieran, nuevamente intercambiando la realidad con la opinión. Con el control de los medios de comunicación y de la educación pública, algunos lo consiguen (ya lo advertía George Orwell: «quien controla el presente, controla el pasado»).
De esto deriva, por ejemplo, la creencia que mucha gente tiene de que la república española y la tricolor van de la mano, cuando la bandera de la Primera República española tenía los mismos colores que ahora.
Y es que una bandera nacional que representa a todo un país no tiene que ver nada con ideologías ni opciones políticas, salvo para aquellos que politizan absolutamente todo. Querer a tu país, ser patriota, no tiene que ver con extremos políticos. Bien lo demuestran países serios y desarrollados, como EE.UU., Reino Unido, Alemania, etc. Ya sean conservadores, socialistas, liberales o de cualquier otra ideología, su bandera es respetable mayoritariamente por encima de todo. Querer a tu país no te hace “facha”, “fascista” ni cualquier otra etiqueta utilizada en forma de insulto por aquellos que no respetan a los demás y que quieren imponer sus ideales, demostrando que son ellos los fascistas. Tampoco sacar la bandera de tu país te hace “ultra”, como han dicho esta semana tantos medios de comunicación, en relación con varias concentraciones para acompañar a la Guardia Civil en su salida hacia Cataluña. Con esto no niego que haya ultras que se identifiquen con la bandera española, pero me niego a aceptar las generalizaciones de aquellos que hablan a la ligera.
Es importante tener esto claro y parar los pies a quienes manipulan la Historia, a quienes quieren imponer su particular punto de vista y convertirlo en un dogma. España no es el franquismo. España no se reduce a Franco, su bandera mucho menos. Ser patriota no es, ni mucho menos, ser un ultra.
* Publicado en La Razón

domingo, 24 de septiembre de 2017

Donald Trump tiene razón: el problema de Venezuela se llama socialismo

Hace unos días tuvo lugar el primer discurso del presidente de EE.UU. en la ONU. Además de la seria advertencia al régimen norcoreano si continúan sus amenazas con pruebas de misiles, Donald Trump también habló de Venezuela, en un tono que se echa de menos en la política actual: una visión crítica y realista del socialismo.
El presidente estadounidense se refería a Venezuela en los siguientes términos: «Hemos impuestos severas sanciones al régimen socialista de Maduro en Venezuela que ha traído a una nación una vez próspera al borde del colapso total. La dictadura socialista de Nicolás Maduro ha infligido un terrible dolor y sufrimiento sobre la gente de ese país. Este régimen corrupto destruyó una nación próspera imponiendo una ideología fallida, que ha producido pobreza y miseria en todas las partes que se ha probado. El problema en Venezuela no es que el socialismo haya sido mal implementado, sino que el socialismo ha sido fielmente implementado».
Así es, el problema de Venezuela se llama socialismo. En una vertiente suave, socialdemocracia, durante la época del bipartidismo AD-COPEI, que puso sobre la mesa las condiciones para llegar a la aplicación severa del socialismo, a partir de la llegada al poder de Hugo Chávez a finales de la década de los 90 y seguir su deriva hacia un país espejo de Cuba con la presidencia de Nicolás Maduro.
Y es que el socialismo es arrogancia, como decía Hayek, ya que elimina la acción y cooperación humana, creyendo que desde el centro planificador una sociedad es más próspera y equitativa. Como han demostrado los diferentes regímenes socialistas o comunistas a lo largo del siglo XX, han sido lugares de desprecio a los derechos humanos, de persecución al diferente y opositor (llámese “burgués”, “liberal”, “capitalista”, etc.), de violencia y muerte sistémicas (chekas, gulags, UMAP, etc.), de pobreza generalizada para la “gente”, mientras la nomenklatura y los que dirigen el régimen viven acomodados, entre todo tipo de lujos y riquezas.
Venezuela no es una excepción del socialismo. Desprecio a los derechos humanos como ir socavando y eliminando la libertad política (no hay representación ni separación de poderes; el régimen ha sustituido la Asamblea Nacional por una Asamblea Constituyente ilegítima y el poder judicial depende fundamentalmente del poder ejecutivo), la libertad de expresión, la libertad de prensa y la propiedad privada.
Persecución al opositor mediante la figura del ‘preso político’, encarcelar a alguien por el simple hecho de ir contra el régimen (que denuncian organizaciones como Amnistía Internacional, nada sospechosa de capitalista o de derechas). Violencia y muerte de la mano de la policía política (GNB), que no duda en utilizar armas de fuego contra manifestantes opositores desarmados, la mayoría estudiantes. Y, por supuesto, pobreza, de lo que más abunda en Venezuela, con una inflación que sobrepasa el 2.000% en estos momentos, y un tipo de cambio paralelo (el oficial no sirve) de casi 24.000 bolívares (BsF) por 1$ estadounidense (US). Todo este camino de la destrucción de la economía se concreta en la Encuesta de Condiciones de Vida de 2016, donde se muestra que el 82% de los hogares venezolanos son pobres (sobrepasando la pobreza extrema el 50% de los hogares).
En definitiva, Venezuela se ha convertido en una especie de infierno sobre la tierra. Cualquiera que haya podido visitar el país caribeño en los últimos años puede dar testimonio de ello. Es de agradecer que Donald Trump denuncie públicamente el socialismo y la situación de Venezuela, al igual que todos aquellos países que cayeron en la guadaña de la muerte que es el socialismo, en cualquiera de sus variantes. Como demuestra la evidencia, Trump tiene razón y el problema de Venezuela se llama socialismo. No es que no se haya aplicado (como dicen falsamente aquellos que quieren más socialismo), sino que se ha aplicado fielmente, aquel modelo político y económico que hace de un país una involución continua.
* Publicado en La Razón

martes, 19 de septiembre de 2017

La economía no lo es todo

Corre por algunos liberales una idea perversa que hace, a mi parecer, más daño del que se suele creer. Y es el desprecio a la política, centrándose única y exclusivamente en la economía. Algo así como que si la economía funciona, el resto da igual. Craso error.
La batalla de las ideas, esa que debemos dar frente a la izquierda, estatistas todos, también tiene su parte en las ideas políticas. Si abandonamos ese camino no debe extrañarnos el consenso socialdemócrata que impera desde hace varias décadas. Tan solo algunas excepciones, como la era Thatcher y Reagan en Reino Unido y EE.UU. respectivamente.
Y es que un marco institucional que proteja al individuo, los derechos de propiedad privada, la libertad (que no libertinaje) es tan importante como bajar el gasto público, reducir los impuestos y liberalizar el mercado. Si no damos la batalla de las ideas en lo primero, lo segundo será algo en vano, en manos de la arbitrariedad del político en función de sus intereses electorales y no como el reclamo de una sociedad con mentalidad liberal.
Esto es algo de lo que hablan mis admirados liberales Almudena Negro y Jorge Vilches en su libro ‘Contra la socialdemocracia’, al referirse a la derecha en las últimas décadas, principalmente europea y estadounidense en su versión liberal y liberal-conservadora, perdiendo gran parte de sus valores, dando paso al populismo nacionalista y teniendo en cuenta cómo el consenso socialdemócrata ha extraído la esencia de esas derechas, que ya no defienden libertad y democracia en el sentido de Berlin, Hayek o Tocqueville, por ejemplo, sino en términos de democracia social y un fuerte Estado benefactor.
Otro gran liberal que ha escrito sobre esto es Axel Kaiser. En su libro ‘La fatal ignorancia’refleja la necedad de políticos liberales (en este caso chilenos) de ignorar la política y el mundo de las ideas para centrarse exclusivamente en el crecimiento económico, mientras que la izquierda es consciente de tomar ese elemento para lograr su objetivo; esto es, como dice el propio Kaiser: «el abandono de la lucha por las ideas ha sido consecuencia de un optimismo que adormeció a todo un sector del país, mientras el otro avanzaba gradualmente para lograr la instalación de un auténtico y renovado proyecto “progresista” en los referente a los valores y en lo económico».
Una cosa hay que tener clara: la izquierda sabe cómo llegar a tomar el Poder, y lo quiere para siempre, no soltarlo, en su espíritu revolucionario, contra la democracia de los “burgueses capitalistas”. Así, no dudan en usar la hegemonía cultural gramsciana y lanzar sus eslóganes cortos y concisos, prevaleciendo la emoción y los sentimientos (“lo que no emociona no moviliza”, Monedero dixit) antes que la razón y los datos. Por eso, mientras que la izquierda habla de sentimientos, no tiene sentido que desde el liberalismo respondamos con datos del PIB o del mercado laboral, porque la emoción y los sentimientos no saben de economía y en muchos casos, lo general no sirve para algo particular.
Como digo, hay que dar la batalla de las ideas para aspirar a un marco institucional liberal,que no desprecie la política (el desprecio es allanar el camino a la izquierda), que defienda al individuo, la propiedad individual, la libertad, el Derecho y la ley en el sentido del liberal Bastiat. Esto no viene desde el mercado por gracia divina, si no desde la acción política, previa hegemonía cultural, no para moldear las mentes como hacen socialistas y demás, si no para que la sociedad se dé cuenta de que el liberalismo respeta mejor que nadie la libertad y los derechos humanos y es lo más óptimo para una convivencia pacífica. La economía no lo es todo, aunque es parte importante; pero la política y saber cómo llegar a la gente para que gane la razón y no la emoción también lo es, mucho.

* Publicado en La Razón

viernes, 8 de septiembre de 2017

Cataluña o el cuento de nunca acabar

Como dije hace algunos meses en estas mismas líneas, la política española lleva unos años inmersa en un círculo vicioso con ciertos temas que no parecen tener fin. El referéndum para la independencia de Cataluña es uno de esos temas. El 1 de octubre tendremos ante nosotros otro referéndum por la independencia de Cataluña. Ya sabemos, por lo que ocurrió hace tres años, que dicho referéndum es ilegal por inconstitucional.
Como expliqué aquí, el relato independentista está basado en tres ejes, los cuales son a todas luces mentira, respondiendo simplemente a una manipulación constante de los independentistas para amoldar a su discurso algo que no es real; dichos ejes son la opresión del Estado español hacia Cataluña, el famoso “Espanya ens roba” y 1714.
En todo este tiempo, además de estos ejes, el relato independentista ha repetido constantemente que la realización de un referéndum es democracia y que evitar que el “pueblo catalán” exprese su voluntad es antidemocrático y “autoritario”, en palabras del propio Puigdemont. Es un simplismo que no tiene base en Ciencia Política. La democracia no es solamente votar (es un elemento más), la democracia también tiene que ver con la libertad política, con el respeto y cumplimiento de las leyes, con la separación de poderes. Además, la democracia liberal también hace suyos elementos como la libertad de expresión, la libertad de pensamiento y la libertad de culto. Si en un país se permite la celebración de elecciones y la consulta a los ciudadanos, pero no desarrolla las libertades citadas, además del respeto a la minoría, no es una democracia. Esto es algo que olvidan todos los independentistas. Y por lo que demuestran desde el gobierno autonómico y los grupos sociales indexados a la causa independentista, una Cataluña en manos de ERC, la CUP, Arrán, etc. poco democrática sería, ya que en sus genes no estarían, ni mucho menos, los principios característicos de toda democracia liberal.
Por otro lado, hay otro mito que abanderan los independentistas, y es utilizar la mayoría de escaños en el parlamento autonómico como mayoría social. En las últimas elecciones autonómicas, celebradas en septiembre de 2015, las fuerzas parlamentarias independentistas (JxS y la CUP) fueron votadas por 1.95 millones de catalanes, de un censo formado por 5.5 millones; esto es, el 35% del censo optaron por candidaturas independentistas. Que el sistema electoral haga que tengan mayoría absoluta en escaños no quiere decir que sean mayoría en la sociedad, ampliado por el control de la educación y de los medios de comunicación, encumbrando la propaganda independentista a lo más alto. Esto es algo que también olvidan todos los independentistas.
Tampoco puedo dejar a un lado la hipocresía de los independentistas. En este caso, con el artículo 1.2 de la Constitución Española: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. ¿Adivinan qué dice el artículo 2 de la Ley de Transitoriedad Jurídica Catalana? Exactamente lo mismo para el caso catalán: “La sobirania nacional rau en el poble de Catalunya, del qual emanen tots els poders de l’Estat”. Vaya, o sea que niegan para los territorios de Cataluña lo que ellos tanto han criticado del “Estado español”: la imposibilidad de secesión y la soberanía centralizada.
Hay think tanks que denuncian desde su posición en la sociedad civil la tomadura de pelo de los independentistas, su proyecto liberticida para todos los catalanes y el incumplimiento de la Constitución que algunos quieren seguir adelante. Uno de esos think tank es El Club de los Viernes, que ha lanzado un manifiesto contra la situación que vive Cataluña y la posible celebración de otro referéndum inconstitucional. El lema “Somos 47 millones – Som 47 milions” quiere señalar que el futuro de Cataluña se decide entre todos los españoles y que no está permitido un referéndum unilateral. Un poco de sensatez ante tanta locura independentista.

* Publicado en La Razón

jueves, 10 de agosto de 2017

Otegi, quienes matan son los tuyos

Murió el etarra Kepa del Hoyo en la prisión de Badajoz, donde cumplía condena por asesinato y pertenencia a ETA. En esas salió a hablar Arnaldo Otegi, cabecilla de EH-Bildu, los proetarras, el brazo político de los terroristas, diciendo que “han matado a un abertzale a 750 km de su casa, y decimos que no es muerte natural porque no entendemos este desenlace fatal sin hablar de decenas de años de encarcelamiento, de dispersión, de malos tratos”, llamando “presos políticos vascos” a los etarras encarcelados a lo largo y ancho del territorio nacional.
El discurso proetarra siempre se ha presentado ante la sociedad como una batalla de opresores (el Estado español) contra oprimidos (ETA). De esa opresión vendría la persecución a la banda terrorista y la dispersión de presos, para mantenerlos lejos de sus familias, como si no hubieran hecho nada y se les persiguiera solo por su condición de independentistas. Nada más lejos de la realidad. La banda terrorista ETA es eso, una banda terrorista, asesina. Merecen y siguen mereciendo la dispersión y las cárceles más nauseabundas que haya. Tener con ellos la misma humanidad que tuvieron con sus víctimas, es decir, ninguna.
Habla Otegi de que no es una muerte natural. Habrá que recordarle que las muertes que no han sido naturales han sido los casi 900 asesinatos que perpetró su banda terrorista durante más de 50 años de actividad armada. Los que matan son tus amigos, Otegi. El “Estado español” solo hace cumplir la ley, como es lógico, ante la amenaza terrorista y responde con cárcel a los atentados y asesinatos de ETA. Aunque bien es cierto que a veces se han producido concesiones aberrantes, como la Doctrina Parot.
Un etarra en la cárcel no es un preso político, es un terrorista encarcelado. Al igual que Otegi tampoco fue un preso político, sino un tentáculo de la banda terrorista ETA encarcelado.
Y aunque ahora ETA no mate físicamente, su brazo político sigue matando en el País Vasco y Navarra, inoculando también sus raíces en Cataluña (véase la CUP). Matar en el sentido de destruir las instituciones para hacerse con el poder. Destruir la economía, con continuas intervenciones y centralizando en manos de unos pocos. Destruir la libertad en general: en las zonas donde los proetarras gobiernan ayuntamientos sigue habiendo miedo por culpa de las amenazas de éstos. Muchos concejales de PP y PSOE siguen llevando escoltas ya que siguen recibiendo amenazas como cartas con balas dibujadas o insultos de todo tipo cuando pasean por sus pueblos. ETA ya no mata físicamente, pero su brazo político sigue matando una convivencia pacífica y en armonía, la cual todavía no ha llegado a Euskadi, y declaraciones como la de Otegi en referencia a Kepa del Hoyo hacen visible un comportamiento de más división y distanciamiento con el resto de España.
Se olvida Otegi que los que matan son los suyos. Quienes tienen las armas todavía y no se han disuelto, son los suyos. Quienes siguen inoculando miedo allá por donde van son los suyos. Quienes tienen que disolverse, entregar todas las armas, pedir perdón a las víctimas y colaborar con la justicia, son los suyos. Así que menos victimismo por la muerte natural de un etarra, menos disfrazar los acontecimientos y más luchar por la libertad y democracia, pero de verdad, no la visión abertzale, que no es más que la continuación del terror y el miedo, pero, de momento, sin pistolas ni bombas. Me parece que pido demasiado.

* Publicado en La Razón